Andresote - Capítulo 1

miércoles, febrero 04, 2026 0 Comments A+ a-

  

CAPÍTULO 1

 

TIERRA DE NADIE

 

Es casi mediodía en la hacienda San Javier. El sol cae como látigo sobre el patio central de la hacienda. Los esclavos habían sido obligados a formar un semicírculo, con sus miradas clavadas en el suelo.  Entre ellos un niño de tan solo 13 años, de nombre Andrés López del Rosario, que observa con los puños cerrados, escondido detrás de un barril de melaza.

Don Ignacio de la Torre emergió de la casa principal, vestido de fino lino blanco impecable, las botas relucientes de grasa animal.  En su mano derecha lleva el hierro de marcar, cuya punta poco antes, brillaba al rojo vivo en la fragua cercana.
—¡María López! — grita arrastrando las palabras como si de su boca saliera veneno—. Por incitar a la desobediencia y enseñar a otros esclavos a leer.


En ese momento, María López, una esclava, madre de Andrés, que se encuentra encadenada, es empujada al centro del patio por dos de los capataces.

Llevaba un vestido de tela burda rasgado, pero su espalda estaba recta. Andrés contuvo el aliento al ver sus manos temblorosas atadas con sogas de henequén.

—Señor… solo les mostré las letras de sus nombres —suplicó María, con la voz quebrada pero clara—. Nada más.

Don Ignacio sonrió, mostrando los dientes amarillentos por el continuo uso del tabaco.

—Las letras son como armas para ustedes, animal. ¿Quieres que sueñen con libertades imposibles?

Un murmullo recorrió a los esclavos. El capataz Rojas, anticipándose, levantó su látigo y lo descargó contra el hombre más cercano. El crujido del cuero sobre la piel ahogó cualquier protesta.


—¡Marca de la desobediencia! —anunció Don Ignacio, acercando el hierro al rojo—. Para que todos recuerden el precio de desafiar este orden.

María cerró los ojos cuando el metal tocó su hombro izquierdo. El sonido de la carne quemándose, un chasquido húmedo, hizo que varios esclavos vomitaran. El olor dulzón y nauseabundo invadió todo el patio.

Pero María no gritó.  Apretó los dientes hasta que le sangraron los labios, pero el único sonido que escapó fue un gemido ahogado. 

Cuando el hierro se retiró, la letra «D» (por Desobediente) quedó grabada en su piel, negra y tostada.

Don Ignacio arrojó el hierro a un balde de agua, donde silbó como un alma en pena.

—A la celda de castigo. Tres días sin comida ni agua —ordenó Don Ignacio.

Los capataces arrastraron a María, ya inconsciente, hacia el calabozo. Pero antes de que la puerta se cerrara, sus ojos se encontraron con los de su hijo Andrés.

Y en ese instante, él supo que, ella había elegido no gritar para no romperlo.

Esa misma noche, Andrés esperó hasta que los guardias se emborracharon con aguardiente y con la agilidad de un gato, se coló por la ventana trasera del calabozo, donde los ladridos de los perros ocultaron sus pasos.

Su madre yacía en un rincón, el vestido pegado a la espalda por la sangre seca. Pero al sentir su presencia, abrió los ojos.

—Andrés… —susurró, levantando una mano temblorosa—. No debiste venir.

Andrés le pasó un pedazo de tela mojada para limpiarle la herida.

—¿Por qué lo hiciste, mamá? —preguntó, tratando de no mirar la marca.

María sacó algo de entre sus ropas. Un trozo de papel arrugado con letras infantiles.

—Porque un esclavo que sabe leer… —tosió, escupiendo sangre— …es un esclavo que recuerda. Y el día que recordemos quiénes fuimos, dejarán de tener poder sobre nosotros.

Le entregó el papel. Era una lista de nombres. Felipe, Tomás, Luz… y al final, Andrés… escrito con torpeza, como por un niño.

—Tú también mereces saber tu nombre, hijo mío.

Afuera, los pasos de los guardias resonaron cerca de la puerta del calabozo. María lo empujó hacia la ventana:

—Vete. Y no olvides.

Andrés, obedeciendo a su madre salió rápidamente por donde mismo ingresó, sin ser detectado por los guardias.

Para Andrés, aquel día fue como una marca que jamás se borró.  Hasta ahora, tres años después, cuando duerme recuerda lo ocurrido ese día y se despierta sobresaltado.

El sol apenas comenzaba a rasgar la neblina matinal cuando Andrés, a quien todos llamaban Andresote desde que a los ocho años derribó a un muchacho dos años mayor que él, pisó accidentalmente una rama seca. El crujido resonó como un disparo en el silencio húmedo de la selva. Detrás de él, los otros cazadores de esclavos se detuvieron en seco, las miradas cargadas de reproche.

El capitán Rojas, un hombre ancho como un barril de aguardiente cuyo perpetuo olor a sudor rancio y tabaco negro lo precedía, se acercó hasta que su aliento picante le golpeó la cara. 

—¡Otro ruido, zambo, y te mando de vuelta a los trapiches con grillos en los tobillos!

Andresote contuvo la respiración, sintiendo cómo el sudor frío le corría por la espalda. Sabía demasiado bien lo que significaban esas amenazas. Recordaba con dolorosa claridad las veces que han castigados de esa manera a otros esclavos.

El grupo avanzaba en silencio por el sendero angosto, abriéndose paso entre la espesura del monte. Tres mulatos libres con brazos tatuados con símbolos de lealtad a los amos, dos negros criollos más sumisos, hijos de esclavos, y Andresote, el más joven de todos, obligado a rastrear por su conocimiento del terreno. 

El aire olía a tierra mojada y hojas podridas, pero bajo ese aroma fresco se colaba otro olor más denso, que no se dejaba descifrar.

—Por aquí pasaron —murmuró Vicente, el viejo cimarrón cuya piel oscura estaba surcada por cicatrices que contaban historias no dichas. Señaló un hilo de tela negra enganchado en una espina. 

—Llevan niños... el rastro es lento.

El capitán Rojas sonrió, mostrando sus encías enfermas y dientes amarillentos. 

—Buena vista, viejo. A este paso, los cogeremos antes del mediodía y volveremos para la ceremonia. 

Los hombres se miraron, sabiendo demasiado bien lo que significaba. El barco inglés «Black Prince» había llegado a Puerto Cabello con su cargamento de piezas de ébano. Andresote sintió un nudo en el estómago. Recordó las historias que circulaban entre los esclavos. Los ingleses marcaban a sus propiedades con hierros al rojo en la frente.

En una pausa, mientras fingían orinar tras unos arbustos de guayaba, Andresote encontró a Vicente limpiando su cuchillo con movimientos extraños, como si realizara algún antiguo ritual. 

—¿Por qué ayudas a cazar a los nuestros? —preguntó en voz baja, mientras miraba de reojo hacia donde estaba el capitán Rojas.

El viejo escupió tabaco masticado antes de responder, mirando fijamente la hoja del cuchillo que brillaba bajo los rayos de sol que se filtraban entre las hojas de los árboles. 
—Tú crees que esto es lealtad, muchacho... —señaló su cicatriz en forma de «M» (por 'Maldito') en el antebrazo izquierdo—. Es miedo. Pero hay una tercera opción.

Con voz apenas audible, Vicente reveló entonces la red secreta de sabotaje que los esclavos más viejos habían tejido durante años. Explicó como rompían las ramas hacia el este cuando los fugitivos iban al oeste. Como echaban vidrio molido en las bananas que dejaban en el camino para envenenar a los perros rastreadores, y por último le explicó que el arma más poderosa, era sembrar dudas y supersticiones entre los cazadores.

Un silbido de Rojas los obligó a detener la conversación y reanudar la búsqueda.

—¡Ahí! —gritó uno de los hombres, señalando una columna de humo entre los árboles.

Todos corrieron hacia el lugar para quedar sorprendidos con una escena dantesca.  El campamento estaba totalmente destruido. Las fogatas se habían apagado.  Había muchos cestos de yuca volcados por todos lados y, en el centro, los cadáveres. Tres cimarrones y dos milicianos españoles yacían entrelazados en la tierra húmeda con sus machetes clavados aún en las entrañas del otro. 
Uno a uno son revisados los cuerpos y entre ellos, un joven de piel más oscura que la noche, yace boca arriba, con los ojos abiertos mirando hacia el cielo, respirando aun pero con dificultad.  En ese momento, Andresote sintió que la tierra se movía bajo sus pies.

—¡Es Felipe! —murmura Andresote al ver al joven tendido en el suelo con su machete aun en la mano y una gran herida en el abdomen.

Sin perder tiempo se acerca al joven, mientras el capitán Rojas y el resto de los hombres de la partida revisan el lugar.

—¡Felipe! —exclama Andresote arrodillándose al lado del cuerpo del joven.
—¡Andrés! —logra murmurar Felipe con dificultad.

El joven Felipe, apretando con fuerza la mano de Andresote no dice nada más y sus ojos quedan abiertos mirando hacia el cielo, mostrando una ligera sonrisa como de satisfacción en su rostro.

Felipe era el hijo de la lavandera Lucumí, un amigo de la infancia con quien acostumbraba robar mangos para compartirlos con el resto de los niños. Andresote recuerda que la última vez que vio a su amigo de la infancia, este le reveló su intención de huir de la hacienda de San Javier.

El capitán Rojas caminaba entre los cuerpos, golpeándolos con sus botas, sin ningún respeto por los  caídos, hasta que llegó frente al cuerpo de Felipe a quien luego de golpearlo, le escupió, expresando:

—Bien muerto el negrito. Nos ahorró el trabajo.

—¡Ese es mi amigo! —gritó Andresote, sintiendo cómo una ola de intenso calor le subía desde lo más profundo del estómago hasta su garganta.

Rojas soltó una carcajada, un sonido gutural que resonó en todo el claro. 

—Los esclavos no tienen amigos. Tienen amos —. comentó Rojas, sacando su látigo para blandirlo sobre su cabeza y luego descargarlo sobre la espalda de Andresote.

El primer golpe le abrió la espalda, dejando una gran herida sangrante. El segundo se le enredó en el cuello y lo derribó. Pero cuando el brazo del capitán se alzó por tercera vez, Andresote se movió tan rápido como un felino y agarrando el machete que Felipe tenía aun en su mano, se abalanzó contra el capitán Rojas logrando clavárselo en el estómago.

—¡Yo no soy tu perro! —rugió Andresote. 

Rojas cayó de rodillas luego dejar escapar un grito de dolor que ahuyentó a las aves de los alrededores. Con toda la rabia que sentía en ese momento Andresote sacó el machete de las entrañas de aquel hombre para luego verlo caer sin vida sobre la tierra. 

—¡Él tenía nombre! —Exclama con rabia Andresote escupiendo sobre el cadáver del capitán.
—¡Corre, muchacho! —le gritó el viejo Vicente mientras arrojaba un puñado de polvo rojo a los ojos de los mastines que ya se disponían a atacar a Andresote. 

La selva se convirtió en un torbellino verde, mientras corría, las ramas azotaban su rostro, los pies descalzos hundiéndose en el barro blando. La lluvia comenzó a caer, primero como un suave rocío, luego como un torrente que lavaba el rastro de sangre que había dejado tras de sí. 

Vicente, quien también corrió tras Andresote, lo condujo a una cueva oculta tras cortinas de lianas que colgaban como telones de un teatro natural. Dentro, las paredes estaban cubiertas con antiguas pinturas de jaguares y guerreros que parecían observarlos con ojos sabios desde otro tiempo. El aire olía a tierra húmeda y raíces, mezclado con un leve aroma a humo de fogatas pasadas.

—Come esto —dijo el viejo entregándole un trozo de cazabe mohoso y un puñado de hormigas culonas que brillaban bajo la tenue luz—. Te dará fuerza para lo que viene.

Mientras masticaba con amargura, Andresote notó las extrañas cicatrices en los brazos de Vicente, no las marcas aleatorias de los castigos recibidos, sino símbolos precisos cortados con mano experta. 

—¿Quién eres realmente? —preguntó, sintiendo que estaba al borde de un secreto mucho mayor.

El viejo cimarrón sonrió, mostrando unos dientes sorprendentemente blancos para su edad, y sacó de entre sus ropas un objeto envuelto en piel de venado. Al desenvolverlo, reveló un libro con el lomo de cuero gastado: «Historia de los Reyes de España». 

—Ellos no temen a un esclavo... temen a un maestro —dijo, pasando las páginas con dedos reverentes que conocían bien el valor de aquellas palabras que se presentaban en cada una de sus páginas. 

Mientras tanto, en Caracas, en una habitación sin ventanas oculta tras la fachada de una casa señorial, cinco hombres celebraban una partida de naipes que era todo menos un juego. El humo de los puros habanos envolvía la escena como una neblina azulada. 

Samuel Nassi, un mercader judío de Curazao con ojos de halcón y modales refinados, desplegó un mapa de rutas de contrabando sobre la mesa de caoba. 

—Los holandeses pagan tres reales por libra de cacao... España nos da promesas y deudas —dijo, señalando las rutas marítimas hacia las islas con un dedo adornado por un anillo de oro.

Miguel de León, un abogado criollo cuya educación en Salamanca se revelaba en cada palabra, arrojó un documento sellado sobre la mesa al tiempo que expresaba: 

—Con el Tratado de Utrecht, los ingleses controlan el asiento de negros. ¿Saben lo que significa? Que ahora nos venderán a nuestros propios esclavos... y nosotros les daremos las gracias. 


En un rincón, un fraile en cuyo hábito ocultaba un puñal veneciano tomó el sobre de la mesa y abriéndolo, leyó su contenido. Se trataba de una carta dirigida a Madrid. Luego de leerla, exclamó:

—Los criollos prefieren tratar con los herejes... —murmuró mientras la quemaba en la llama de un candelabro—. Dios los perdone... porque el Rey no lo hará.

De vuelta en la selva, bajo la lluvia que ahora caía con fuerza, Andresote enterró el machete de Felipe bajo un árbol de ceiba cuyas raíces parecían brazos abiertos. El agua fría corría por su rostro mientras juraba sobre su sangre: 

—Nunca más.

Vicente le entregó un zurrón de cuero con un poco de cazabe seco, carne salada, un pequeño frasco de medicina y un mapa rudimentario dibujado en corteza de árbol. 

—Ve hacia el norte. Allí los herejes no siguen las leyes del Rey.

—¿Por qué me ayudas? —preguntó Andresote, sintiendo el peso del libro robado en sus manos.

El viejo cimarrón lo miró con ojos de sabiduría, ojos que habían visto demasiado y que al mismo tiempo habían perdido demasiado y expresó: 

—Porque hoy dejaste de ser un perro... y te convertiste en peligroso.

Cuando la primera luz del nuevo día comenzó a iluminar el valle, tiñendo las copas de los árboles de dorado, Andresote partió hacia lo desconocido. Llevaba consigo tres tesoros: el pañuelo ensangrentado de su madre, el libro que Vicente le había confiado, y un juramento grabado con fuego en su corazón. 

Mientras Andresote desaparecía entre la espesura de las montañas, las noticias de lo ocurrido habían llegado a Caracas y el fraile a quien pronto conocería como Fray Antonio, ya escribía en su diario secreto sobre el muchacho que había desafiado al sistema y vivió para contarlo. Las palabras del fraile resonarían en los años venideros: 

—Hoy nació un rebelde. Y el imperio temblará

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