Charles Jordan: El secreto del Caribe - Capítulo 1
CAPÍTULO 1
EL HALLAZGO EN AGUAS TURQUESAS
El Caribe Dream se deslizaba sobre un mar de seda azul, pero la tranquilidad era un espejismo. Charles Jordan, con los músculos tensos a pesar del paisaje idílico, no podía relajarse. Los recuerdos de Florida—los gritos, el rescate de Daniela, la red de trata desmantelada—eran un eco lejano que aún resonaba en su memoria.
—¿Creen que podamos ver tortugas? —preguntó Valentina, asomada a la borda, su voz un frágil hilo de normalidad entre la tensión.
—Seguro que sí —respondió Helen, ajustándose las gafas de sol con una sonrisa forzada—. He leído que en estas aguas hay miles.
CJ no respondió. Su instinto, afinado en mil operaciones, le gritaba que algo estaba mal. El silencio era demasiado profundo, el horizonte demasiado vacío. Esa paz no era más que la calma que precede a la tormenta.
Fue José, con su mirada de halcón, quien rompió el hechizo.
—¡Alerta! — señaló hacia el este, su voz como un disparo seco—. Lancha rápida, a estribor. Sin bandera. Se mueve de forma errática.
Todos siguieron su mirada. A quinientos metros, una embarcación pequeña danzaba de manera grotesca sobre las olas, como un insecto herido.
—Puede ser un fallo mecánico —comentó CJ, pero su tono era el de un soldado, no el de un turista—. José, acércanos con cuidado. Mantén la distancia. Helen, lleva a las chicas a la cabina.
—¿Otra vez? —preguntó Daniela, y su temblor fue más elocuente que cualquier grito.
—Precaución, nada más —dijo CJ con una calma que no sentía.
Mientras el Caribe Dream se aproximaba, la figura en la lancha se hizo más clara: una mujer joven, con el pelo negro azotado por el viento, forcejeando con un motor que solo escupía humo. Al verlos, agitó los brazos con una desesperación que parecía genuina.
—¡Ayuda! ¡Mi radio no funciona!
Cuando estuvieron a pocos metros, CJ lanzó una cuerda. La mujer la ató a la proa de su bote con manos temblorosas y trepó a bordo, colapsando en la cubierta. Vestía ropa de excursionista, empapada y sucia. Un collar de caracoles marinos se enredó en su cuello.
—Soy Isabella Márquez —jadeó, secándose el rostro con la toalla que le ofreció Margot—. Arqueóloga submarina. Estaba prospectando cerca de los arrecifes cuando... dos hombres en otra lancha intentaron abordarme.
—¿Abordarla? —preguntó CJ, con el ceño fruncido, escaneando el horizonte. El vacío le resultaba ahora ominoso.
—Llevaban pasamontañas y empuñaban machetes —su voz se quebró—. Logré arrancar, pero me persiguieron. Logré escapar pero algo le pasó al motor.
Mientras Isabella bebía agua, explicó a toda velocidad su investigación sobre "“La Guadalupe»", un galeón del siglo XVIII. Abrió su mochila y mostró una caja de metal corroída. Dentro, protegido por una bolsa hermética, había un diario y un medallón de oro que brilló bajo el sol caribeño.
—"Veritas Liberabit Vos" —leyó Helen en voz alta—. La verdad os hará libres.
—Estos documentos podrían revelar los nombres de las familias que financiaron la esclavitud —Isabella bajó la voz a casi un susurro—. Familias cuyos descendientes aún tienen poder. Alguien no quiere que esto salga a la luz.
CJ observó el medallón. No era un simple objeto histórico; era una bomba de relojería.
En ese preciso instante, el rugido del motor del Caribe Dream se apagó de golpe, ahogado por un crepitar metálico. Un silencio repentino y aterrador cayó sobre ellos, solo roto por el golpe de las olas contra el casco.
José se lanzó hacia el panel de control para luego bajar hasta el área del motor y verificar la situación. Su rostro se transformó repentinamente.
—CJ... —dijo, con una calma mortal—. Hemos sido saboteados. El sistema de combustible está cortado. Parece obra de un profesional.
¡BAM!
Un disparo resonó en el aire, seguido del impacto de una bala en el mástil principal que hizo estallar la madera y sacarle fragmentos que volaron hacia todos lados.
—¡Todos al suelo! —rugió CJ, empujando a Isabella y a Daniela hacia la cubierta.
A lo lejos, el ruido de un motor rápido se convirtió en un rugido. Era la misma lancha que había perseguido a Isabella, ahora con tres hombres a bordo. El de la cicatriz en la mejilla —Raúl— les apuntaba con un fusil.
—¡No es coincidencia! —gritó CJ por encima del hombro, pegado al piso de la cubierta —. ¡Te siguieron hasta aquí, Isabella!
Helen arrastró a las chícas hacia la cabina mientras José y CJ se arrastraban hacia los bicheros de metal, las únicas "armas" a su disposición.
La lancha enemiga se detuvo a escasos metros. Raúl gritó, con una sonrisa desprovista de humor:
—¡Entréguennos a la mujer y la caja, y quizás les dejemos con vida!
CJ no respondió. En cambio, con movimientos precisos, tomó el radio satelital.
—Sullivan, soy CJ. Código: Tormenta en el Caribe. Repito, Tormenta en el Caribe. Coordenadas en transmisión automática. Necesitamos extracción inmediata.
Mientras hablaba, Isabella se arrastró hacia Helen.
—Ese medallón es solo el comienzo —susurró, sus ojos brillando con un fuego intenso—. Lo que hay en el barco hundido puede cambiar la historia del Caribe.
Helen asintió, agachándose mientras otra bala silbaba sobre sus cabezas. No había duda. El viaje de placer había terminado. La aventura—una aventura mortal—acababa de comenzar.
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