Confesiones a media voz - Capítulo 1

jueves, febrero 05, 2026 0 Comments A+ a-


CAPÍTULO 1

LA RUTINA AUSENTE

 




El zumbido electrónico del monitor era el latido de la casa. Un sonido bajo y constante, una frecuencia de fondo que se filtraba desde bajo la puerta maciza de la oficina en la planta baja, recorría el pasillo alfombrado y trepaba por la escalera de madera, impregnando el aire con su presencia insistente. Dentro de la habitación, la luz era artificial y plana, venciendo a la penumbra azulada que empezaba a colonizar el jardín tras el ventanal. Rodrigo Campos había dejado de percibir ese zumbido hacía años, igual que su mente había aprendido a ignorar el leve crujido del tercer escalón, el suspiro de la caldera a las seis y cuarto, o el modo particular en que la luz del atardecer doraba el borde de su escritorio de caoba, un breve espectáculo al que siempre daba la espalda.

Su mundo, en los últimos noventa y siete días, los contaba en el calendario de sobremesa, tachando con cruces implacables los días transcurridos. Se había comprimido en los confines de una pantalla de veintisiete pulgadas. En ella desfilaban párrafos densos de cláusulas legales, y a su alrededor, folios alineados con precisión militar esperaban su veredicto, manchados aquí y allá por anotaciones en tinta roja que parecían cicatrices sobre el texto. El caso Mercurio vs. SolTech era una bestia compleja, una disputa de propiedad intelectual que podía definir el rumbo de su firma unipersonal. Y también, aunque no lo admitiera en voz alta, era un refugio. Una razón legítima y socialmente admirable para ausentarse.

—Papi.

La voz de Carolina, su hija de ocho años, llegó desde la sala como un hilo de seda deshilachado, casi devorado por la risa enlatada y los acordes metálicos de una comedia animada en la televisión. No era un grito, ni una queja. Era un recordatorio de una existencia paralela, un suave golpe en el cristal de su concentración.

Rodrigo no alzó la vista del párrafo que diseccionaba. Sus dedos, pálidos bajo la luz fría de la lámpara flexo, se tensaron un milímetro sobre el teclado.
—Un momento, mi amor —murmuró, y la voz le salió más áspera de lo que pretendía, seca por el desuso—. Casi termino esto.

En la sala amplia y ordenada, Carolina dejó caer los brazos a los costados de su cuerpo delgado. La pantalla parpadeante proyectaba manchas de color cambiante sobre su rostro de facciones finas, heredadas de su madre. Sus grandes ojos castaños, que en otros momentos brillaban con una curiosidad voraz, ahora reflejaban sólo el movimiento vacío de los dibujos. Giró la cabeza lentamente, no hacia la oficina de su padre, sino hacia el arco que conducía a la cocina. Allí, en el suelo de baldosas claras, su hermano Andrés, de cinco años, concentraba toda su existencia en hacer que un crayón rojo obedeciese los límites del dibujo de un dinosaurio. Su lengua asomaba por la comisura de los labios, un signo de esfuerzo supremo.

Entre la isla de la cocina y el niño, Claudia Gutiérrez picaba una cebolla con un ritmo rápido e hipnótico. El tac-tac-tac del cuchillo contra la tabla de madera era el metrónomo de esa parte de la casa. Claudia tenía veintidós años, complexión delgada pero fuerte, y una manera de moverse que era a la vez eficiente y silenciosa, como si calculase el trayecto más corto entre dos puntos para ahorrar energía. Sus ojos, del color del café cargado, alzaron la mirada por un instante, barrieron la sala, para comprobar a Carolina inmóvil, a Andrés absorto, y luego regresaron a la cebolla. No era su trabajo cuidar de ellos después de las seis, pero desde que la señora Ángela empezó a llegar más tarde, un acuerdo tácito, nunca verbalizado, se había establecido. Claudia extendía su jornada, y a cambio, el señor Rodrigo dejaba billetes extra en la encimera los viernes, sin mirarla a los ojos. Un intercambio limpio, sin deudas sentimentales.

—Tu papá está en un trabajo muy importante, Carol —dijo Claudia, sin dejar de picar. Su voz era suave, con un deje cantarín de su pueblo natal—. ¿Por qué no vas a ayudar a tu hermano a encontrar el crayón azul? El diplodocus tiene manchas azules, mira.

Carolina no se movió. Deslizó los pies, envueltos en calcetines antideslizantes con forma de animal, sobre la suave alfombra beige y se acercó al ventanal que ocupaba toda una pared de la sala. Afuera, el jardín se fundía con la oscuridad creciente. Los rosales que Ángela plantó hacía tres primaveras eran ya masas indistintas. Esperaba ver los faros del sedán plateado de su madre cortando la penumbra del camino de entrada, escuchar el crujido familiar de la grava bajo las ruedas. Sólo vio su propio reflejo, una niña pequeña y seria contra un fondo de luces domésticas, y más allá, la nada.

A veintidós kilómetros de distancia, en el corazón vibrante y ruidoso de la ciudad, el último cliente de «Ángela’s Boutique» salió haciendo sonar el cascabel de plata colgado en la puerta de madera barnizada. El sonido, alegre y vacío, se apagó en el aire perfumado a vainilla y tela nueva. Un alivio tenso, casi doloroso, recorrió el cuerpo de Ángela Ramírez de la cabeza a los pies, anclados en unos tacones de gamuza que empezaban a molestarle.

Mantuvo la sonrisa profesional, hasta que la silueta borrosa tras el vidrio esmerilado de la puerta se desvaneció en la acera iluminada por farolas. Entonces, como si un hilo invisible se cortase, sus facciones se derrumbaron en una expresión de cansancio puro. La sonrisa era parte del inventario, un accesorio más necesario que los vestidos de seda italiana colgados en los percheros de acero cromado. Sin ella, su rostro revelaba unas sombras lila bajo los párpados y una línea de tensión casi imperceptible alrededor de la boca.

La boutique era su creación, un cubo de orden y color donde todo estaba bajo control. Las blusas se alineaban por color en una degradación perfecta, los bolsos descansaban como esculturas en repisas iluminadas, y el espejo de cuerpo entero, enmarcado en oro viejo, reflejaba una realidad curada, elegante, impecable. Ángela se acercó a él, no para admirar el corte de su traje pantalón color crema, sino para buscar en sus propios ojos al otro lado del cristal. La mujer que le devolvía la mirada era la dueña exitosa, la comerciante astuta, la esposa de un abogado prometedor. Pero detrás de esa imagen, unos milímetros más atrás en el reflejo, parecía acechar otra, una espectadora silenciosa y ligeramente escéptica, preguntándose cómo había llegado a interpretar este papel con tanta convicción.

Sus dedos, siempre con una manicura impecable, apagaron las luces de la tienda una a una. Primero las focales sobre los maniquíes, luego las tiras LED tras los mostradores, por último la lámpara de pie que iluminaba el rincón de lectura. La penumbra que invadió el local fue azulada, fría, rota únicamente por los haces de luz de los faroles de la calle que se colaban por el escaparate, dibujando franjas diagonales sobre el suelo de madera oscura.


El trayecto a casa, en el sedán plateado que olía a limpio y a su perfume «Éclat», era su purgatorio diario. Cuarenta y cinco minutos de soledad forzada dentro de una cápsula metálica, avanzando a trompicones en un río de luces rojas de freno. Encendió la radio, baja, hasta que se convirtió en un murmullo indistinguible. Prefería el sonido del motor, el susurro del aire acondicionado, las ocasionales bocinas. Eran sonidos neutros que no exigían nada, a diferencia del silencio de la casa, que era una demanda constante.

En el tráfico detenido, su mente, liberada de las exigencias de clientes y proveedores, vagaba sin rumbo por los pasillos de su vida. Aterrizaba, una y otra vez, en la misma imagen: la mesa del comedor, demasiado grande para tres personas, pues Rodrigo cenaba en su oficina, la conversación funcional con los niños: «¿Cómo te fue en el cole?», «Bien», el silencio posterior que llenaba cada rincón como una niebla densa. Pensaba en Rodrigo, no con rabia, sino con una especie de perplejidad resignada. ¿Cuándo había dejado de verla? No físicamente; a veces sentía su mirada al pasar, sino a ella, a la mujer con la que una vez había planeado conquistar el mundo entre risas y noches interminables de conversación. Ahora sus diálogos eran transacciones logísticas: «¿Pagaste la colegiatura?», «El plomero viene mañana», «Mis padres vienen el domingo».

Un pitido agudo la sacó de su ensimismamiento. Era el teléfono, conectado al Bluetooth del auto. En la pantalla, iluminada con un suave azul, apareció un nombre: Jorge Sáez. Un cosquilleo eléctrico, mezcla de anticipación y culpa, le recorrió el esternón. Lo dejó sonar tres veces, cuatro, mientras respiraba hondo. Luego, con un movimiento preciso, rechazó la llamada. La pantalla volvió a mostrar el mapa de navegación. Su corazón, sin embargo, siguió latiendo un poco más rápido durante el resto del camino, como si hubiese cometido un pequeño e íntimo delito.


Rodrigo envió el correo electrónico final con un clic seco del ratón. El suspiro que escapó de sus pulmones no era de alivio, sino el simple vaciado físico de un cuerpo que había estado conteniendo la respiración sin saberlo. Se reclinó en la silla de cuero, que crujió en protesta, y se pasó las manos por la cara. La aspereza de la barba de dieciséis horas le recordó el paso del tiempo, un tiempo que se le escapaba en párrafos legales y facturas por horas.

Cuando finalmente salió de la oficina, cerró la puerta tras de sí como si sellara una cámara de compensación. La casa le recibió con un silencio diferente. La televisión estaba apagada. En la sala, sólo quedaba el tenue resplandor de una lámpara de pie junto al sofá, donde un libro infantil yacía abierto boca abajo. Desde la cocina llegaba el chasquido rítmico del lavavajillas en su ciclo de secado.

Claudia estaba allí, secando una última cacerola con un trapo de algodón. Sus movimientos eran coreográficos, casi meditativos.

—Señor —dijo, sin necesidad de volverse. Había aprendido a reconocer el sonido de sus pasos.

—Los niños —preguntó Rodrigo, con voz áspera por las horas de silencio.

—En la cama. La niña Carolina leyó dos cuentos a Andrés y se durmió enseguida.

Rodrigo asintió, aunque ella no podía verlo. Su mirada se desvió hacia la ventana de la cocina, que era un óculo negro hacia el jardín nocturno.

—¿Y Ángela?

—Aún no llega.

Tres palabras. Aún no llega. Una simple constatación. Pero en el espacio que siguió, una preocupación diminuta, apenas un esbozo de malestar, trató de anidar en su mente. ¿Inventario otra vez? ¿Tan tarde? La idea fue un destello débil, que chocó contra el muro de su fatiga mental y se disipó sin dejar rastro. No había energía para interrogatorios, ni siquiera para los silenciosos. Su capacidad de preocupación estaba sobresaturada por los vericuetos del derecho mercantil.

Subió las escaleras, con la mano rozando la baranda pulida. En el rellano, pisó inconscientemente el tercer escalón, el que crujía. Las puertas de las habitaciones de los niños estaban entreabiertas. En la de Carolina, una lamparita con forma de nube proyectaba un tenue resplandor amarillo. La niña dormía de costado, abrazando un oso de peluche desgastado. Tenía el ceño ligeramente fruncido, como si en sus sueños intentase resolver una ecuación imposible. En la habitación contigua, Andrés respiraba con la profundidad absoluta de la infancia, una manita regordeta fuera de las cobijas, con los dedos ligeramente curvados.

Rodrigo se detuvo en cada umbral. Un amor inmenso, abstracto y a la vez agobiante, le oprimió el pecho. Los amaba, eso era un hecho incuestionable como la ley de la gravedad. Los amaba con la feroz determinación de un protector, con la responsabilidad solemne de un proveedor. Les daba seguridad, un techo, un futuro. Pero en ese momento, observando sus formas dormidas, no sintió el arrebato de ternura que a veces, en raras ocasiones, lo asaltaba. Sintió el peso. El peso de ser el eje central, de mantener el mundo girando correctamente sobre su órbita. Era un amor que se expresaba en actos, no en susurros; en cheques, no en caricias.

Estaba en la cocina, sirviéndose un vaso de agua del grifo que siempre estaba demasiado fría, cuando unos faros barrieron el techo, iluminando por un instante las vigas de madera. El crujido distintivo de la grava bajo el peso de un auto confirmó lo esperado. Unos minutos después, la cerradura de la puerta principal giró con un clic suave, seguido del roce de la madera contra el marco.

Ángela entró. Traía consigo una bocanada de aire nocturno, frío y metálico, que se mezcló con el aire estancado de la casa. También traía, imperceptible para quien no la conociese íntimamente, un rastro de otro perfume, más amaderado y especiado, que se enredaba en las notas finales de su «Éclat». Dejó las llaves en la bandeja de cerámica azul con un tintineo preciso.

Rodrigo se apoyó en el marco de la puerta de la cocina, con el vaso de agua en la mano.

—Hola.

—Hola —respondió ella. No lo miró. Se concentró en desprenderse de los tacones, un acto que parecía requerir toda su atención en ese momento. Los colocó ordenadamente en el zapatero—. Perdón por la hora. El inventario… se alargó más de lo previsto.

—No pasa nada. Los niños están dormidos. Claudia también se retiró.

—Bien.

Un silencio se instaló entre ellos, denso y elástico. No era un silencio cómodo, de compañeros que no necesitan palabras. Era el silencio de dos magnetómetros que no encuentran polaridad, de dos frecuencias que no logran sintonizar. Ángela colgó su abrigo de lana en el perchero y se acercó a la cocina. Pasó a menos de medio metro de Rodrigo. Él podría haber extendido el brazo y tocado su codo. Ella podría haber inclinado la cabeza hacia su hombro. Ninguno de los dos lo hizo. El espacio entre sus cuerpos era una frontera tácita.

Ella abrió la nevera. La luz interior, demasiado blanca y brillante, iluminó su perfil, acentuando las sombras bajo sus ojos. Miró los estantes con restos de comida en envases plásticos, botellas de agua, un pastel a medio comer y en realidad no vio nada.

—¿Comiste? —preguntó él, dando un sorbo a su agua.

—Algo rápido en el local —mintió ella, cerrando la puerta de la nevera con suavidad. Se había tomado un café, en la barra de una cafetería, mirando la pantalla de su teléfono, esperando un mensaje que no llegó y que, en un rincón contradictorio de su alma, esperaba que no llegara, porque su llegada habría sido aún más perturbadora.
—Yo tampoco. ¿Te preparo algo? Hay restos del pollo de anoche.

—No, gracias. No tengo hambre. Sólo estoy… agotada.

Rodrigo asintió. La observó mientras ella se servía un vaso de agua. La notó envuelta en una capa de fatiga que iba más allá del cansancio físico. Era un peso emocional, un alejamiento palpable. Las palabras «¿Estás bien?» se formaron en su garganta, un eco de un instinto que una vez fue natural. Pero al viajar hacia sus labios, se encontraron con el filtro de años de respuestas evasivas, de ausencias justificadas, de su propia incapacidad para lidiar con lo emocionalmente complejo. Lo que salió fue una versión diluida, práctica:

—Bueno. Yo también voy arriba. Mañana tengo la audiencia preliminar a primera hora. Será un día largo.

—Sí, claro —dijo Ángela, llevando el vaso a los labios. Sus ojos, por fin, se encontraron con los de él por una fracción de segundo. Fue un contacto rápido, eléctrico en su vacío, y luego ella desvió la mirada hacia el líquido transparente—. Buenas noches, Rodrigo.

—Buenas noches, Ángela.

Él subió las escaleras, cada paso un punto final en una conversación que nunca había empezado. Ángela se quedó en la cocina, apoyada con ambas manos en el borde frío de la encimera de granito. Escuchó sus pasos alejarse, la puerta del dormitorio  cerrarse con un sonido sordo.

El zumbido del monitor había cesado. El lavavajillas había terminado su ciclo. En su lugar, un nuevo silencio se instaló en la casa. No era paz. Era la resonancia de un vacío activo, el sonido de dos trayectorias vitales que ocupaban el mismo contenedor, que compartían hipoteca, hijos y calendario, pero que navegaban en aguas separadas por un océano de cosas no dichas, de deseos enterrados en vida y de una distancia que había crecido tan lenta, tan insidiosamente, que sólo en momentos como éste, bajo la luz cruda de la cocina y el peso de la noche, se revelaba en toda su desoladora y perfecta inmensidad.

Al fondo del pasillo, en su pequeña habitación anexa a la lavandería, Claudia Gutiérrez apagó la lamparita de su mesa de noche. Había oído llegar el auto, el intercambio de frases en la cocina. No había distinguido las palabras, pero el tono le había llegado claro: plano, cortés, frío como el granito de la encimera. Se dio una vuelta en la cama estrecha, las sábanas rozando su piel. Algo en la atmósfera de la casa esa noche se sentía distinto. No era un estallido, ni un grito. Era la presión que baja antes del huracán, la quietud cargada de electricidad estática que hace que los pelos del brazo se ericen. Y ella, sin haberlo buscado, ya estaba atrapada en el ojo de esa tormenta silenciosa, sintiendo en sus huesos que el equilibrio, precario como el cristal, comenzaba a agrietarse.

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