Don Antonio - Capítulo 1

jueves, febrero 05, 2026 0 Comments A+ a-


CAPÍTULO 1

EL TRONO DE CUERO

 




Rio Chiquito es un pueblo que parece detenido en el tiempo, ubicado en las montañas del estado Táchira, habitado por gente humilde y trabajadora, dedicada en su mayoría a las labores comunes de sus conucos, gracias a la buena tierra de sus alrededores que han sido heredadas de sus ante pasados que fueron los primeros en trabajarlas.  

En Rio Chiquito, las costumbres ancestrales y la religión, privan sobre lo moderno y las tecnologías.  La vida cotidiana de las personas residentes de Rio Chiquito, se desarrolla entre las calles empedradas que lo comprenden y que se encuentran bordeadas por humildes casas, pintadas de colores llamativos y cuyos frentes, se ven desde lejos, escalonados a causa de lo empinada que son sus calles. Sus angostas y muy altas puertas y ventanas de madera que dan directamente a la calle al estilo de la época colonial, parecen haber sido hechas con un molde, todas miden lo mismo y son muy parecidas. 

Rio Chiquito es un pueblo que, en sus tiempos, vio pasar a los ejércitos de Bolívar y a los Realistas en muchas ocasiones, pues era casi un paso obligado para ir a Colombia y regresar a la capital.

En un principio estaba compuesto por una sola calle principal, pero con los años fue creciendo y hoy en día tiene más de 14 calles, pero aún sigue existiendo una calle principal. En esa calle, se encuentra la plaza del pueblo y tras ella, la iglesia del Padre Rojas.

El día de hoy Rio Chiquito amaneció envuelto en una neblina espesa que bajaba de las montañas del Táchira. El frío calaba los huesos, pero Don Antonio Salvatierra, con sus casi noventa años a cuestas y una espalda que se negaba a doblarse del todo, ya arrastraba su silla de madera y cuero gastado hasta el borde de la acera.

La silla —un trono de batallas ganadas y siestas perdidas— crujió bajo su peso. El cuero, agrietado por décadas de uso, conservaba la marca de sus posaderas como un mapa de sus años sentado allí, viendo el mundo pasar.

—Madrugar no es solo para los gallos —masculló para sí mismo—, también es para los viejos que quieren ver el amanecer sin que los nietos los molesten.

Desde su puesto privilegiado, Don Antonio veía despertar el pueblo. Los primeros rayos de sol se colaban entre las tejas de barro, iluminando el polvo que flotaba en el aire. En la panadería de Doña Mercedes, el olor a pan recién horneado se mezclaba con el aroma del café que ella misma llevaba a Don Antonio todas las mañanas.

—Tome, don Antoño, pa' que no se me duerma en ese trasto —dijo, dejando la taza humeante en una mesita de lata siempre a su lado.

—El café es como la sabiduría, doña Merce. Entre más amargo, más despierta el alma —respondió él, tomando un sorbo lento.

Ella se rio, sacudiendo su delantal lleno de harina.

—Usted y sus dichos, ¡parece libro abierto!

—Y usted y sus panes, parecen almohada pa' los dientes —le respondió él, señalando un panecillo redondo y duro como piedra que sobresalía de la canasta.

Doña Mercedes se llevó las manos a la cintura.

—¡Ese es pa' los perros, don Antoño!

—Ah, entonces es igual que mi primer matrimonio: duro y sin provecho —soltó él, haciendo reír hasta al gato que dormitaba en el tejado.

Mientras Doña Mercedes tendía su manta de flores con dulces de leche, un turista con gorra de "Mérida, Tierra de Gracia" se acercó ajustando su cámara.

—¡Qué auténtico! —exclamó, disparando tres fotos rápidas hacia la fachada descascarada de la iglesia—. Esto sí es real, no como esos pueblos falsos para turistas.

Don Antonio, que hasta entonces parecía una estatua tallada en paciencia, alzó lentamente una ceja.

—Claro que es auténtico, muchacho. Como el dolor de muelas o la resaca después de una parranda.

El forastero se rio incómodo y, al acercarse, pisó sin querer el borde de la manta de Doña Mercedes.
—¡Ay, perdón! —saltó hacia atrás, casi tropezando con un gallo—. Es que... quería hacerle unas preguntas para mi blog. «Almas rurales de Venezuela» se llama.

Doña Mercedes, sin levantar la vista de su tejido, murmuró:

—Dos mil seguidores y ni para comprar un dulce tiene.

Don Antonio ahogó una risa en otro trago de café.

—Mire, joven, yo no soy alma rural. Soy un viejo con dos pies en la tierra y una nalga en cada lado de esta silla. Pero pregunte, que para eso estamos.

El turista sacó un cuaderno con forma de hoja de plátano.

—Perfecto. Primero: ¿qué siente al ser el... ejem... guardián de la tradición oral de su pueblo?

—Lo mismo que siente su cámara al colgarle del cuello: peso innecesario.

Los vecinos que empezaban a congregarse rieron abiertamente. El turista enrojeció pero insistió:

—Dígame algo típico de aquí. ¡Algo folclórico!
Don Antonio se rascó la barbilla, fingiendo reflexionar.

—Bueno, tenemos una tradición muy especial: cuando un turista habla demasiado, lo atamos a una mula y lo paseamos por el páramo. ¿Quiere probar?

El grupo estalló nuevamente en risas. El joven retrocedió un paso, pero una niña del pueblo con dos trenzas rebeldes le tiró del brazo:

—No le haga caso, señor. Eso solo se hace los martes y hoy es jueves.

—Ajá —añadió Don Antonio gravemente—. Los jueves usamos burro, que es más lento pero más terco. Como algunos visitantes.

Finalmente, el turista compró tres dulces de leche —Doña Mercedes le cobró el doble— y se despidió agitando la mano.

—Gracias por la... ejem... experiencia cultural.

Don Antonio lo vio alejarse y murmuró para sus adentros:

—Cada loco con su tema... y cada turista con su selfie.

Al caer la tarde, las sombras de los cerros empezaban a devorar la plaza. Don Antonio dio la señal no escrita. Era hora del dominó.

—A mover las fichas, que el que llega tarde pierde turno... o le toca jugar con el Cura —anunció, sacando una caja de madera desgastada.

El Padre Rojas, que acababa de salir de confesar a tres señoras, se acercó fingiendo ofensa:

—¿Y qué tiene de malo jugar conmigo, don Antoño?

—Lo mismo que jugar con Judas, padre: que siempre sabe qué carta tiene uno en la mano.

Los cuatro ancianos habituales ocuparon sus puestos. Los niños abandonaron el fútbol para apostarse detrás de las sillas.

—Apuesto mi mejor chivo a que hoy gana el abuelo —susurró el nieto de Don Antonio.

—Cállate, bobo —le cerró su hermana—. El abuelo siempre gana. Es como apostarle al sol que salga.

Don Antonio repartió las fichas con manos que parecían mapas de venas azules.

—El dominó es como la vida, muchachos. Todo depende de con qué fichas te toque jugar... y de cómo las escondas.

En ese momento, Roberto, el joven de 19 años que ayudaba en la cantina, puso el autoestéreo a todo volumen con "Caballo Viejo". Don Antonio suspiró:

—Roberto, baja ese ruido, que aquí estamos tratando de oír cómo nos fallan las rodillas.

El muchacho asomó la cabeza:

—¡Es que hoy es jueves de salsa, don Antoño!

—Pues sálsenla pa' fuera, que aquí somos más de bolero... y de silencio.

Mientras las primeras estrellas aparecían, Don Antonio observó el partido. Su mirada se posó en Roberto, cuyo rostro mostraba la misma inquietud que él mismo había sentido setenta años atrás. Una semilla de preocupación —y de propósito— comenzó a germinar en su pecho.

Más tarde, ya solo, permaneció un rato más en su silla. Acarició el cuero gastado del asiento, recordando al hombre que se la había vendido —su propio padre—, y la promesa que hizo de cuidar estas tierras. La misma promesa que años después le costaría el amor de Isabel, y que ahora veía amenazada por nuevas formas de abandono.

—Cada generación tiene su batalla —murmuró hacia la noche—. La mía fue quedarme. La de ellos será elegir qué vale la pena conservar.

Con un suspiro que contenía el peso de nueve décadas, se ajustó el sombrero y emprendió el camino a casa. Su silla de cuero quedó atrás, esperando silenciosa otro amanecer en Rio Chiquito.

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