El arquitecto del miedo - Capítulo 1
CAPÍTULO 1
EL SÓTANO DE LOS SEGUNDOS
Eran las 10:32 de la noche en la granja de los Watson, cuando candado de hierro resonó como un disparo cuando Mary Watson lo cerró. John, de seis años, se apretó contra el saco de patatas podridas que le servía de cama.
—¡Mamá! ¡Prometo portarme bien! —gritó, haciendo que sus palabras se convirtieran en vapor por el aire helado del sótano.
La silueta de su madre se recortó en el marco de la puerta, la lámpara de queroseno proyectando sombras que bailaban sobre sus mejillas huesudas.
—Hasta que dejes de llorar como una niña. Los Watson no somos débiles —respondió mientras ajustaba el delantal negro que siempre llevaba, incluso para dormir.
El chirrido de las bisagras de la puerta ahogaron las súplicas del niño. Rápidamente, la oscuridad lo devoró todo, salvo el tenue resplandor que se filtraba por las rendijas del piso de madera.
De algún sitio se escuchó el canto de un grillo. John contó los segundos entre chirrido y chirrido:
—Uno... dos... tres... —su voz temblaba menos al cuarto intento.
De pronto, pisadas arriba. La voz borracha de su padre retumbó a través de las tablas:
—¡Mary! ¿Dónde está mi maldita botella?
John contuvo el aliento. Sabía lo que venía después. Los golpes contra los muebles. El llanto ahogado de su madre. El inevitable portazo final.
Pero esta noche fue distinta, desde donde estaba, podía escuchar la conversación de sus padres.
—¿Dónde está John? —escuchó preguntar a su padre.
—Tu hijo está castigado, Pickens —dijo Mary con una calma que helaba la sangre—. Y tú deberías estarlo también.
Un silencio tan espeso que podía escucharse y luego, el sonido de una silla arrastrándose.
—No me hagas encerrarte a ti también, mujer —escucho gruñir a su padre, pero su voz sonaba menos segura.
John, olvidando su propio miedo, pegó la oreja al suelo. El grillo había callado. Sólo se oía el tictac del reloj de pared en la cocina.
—Veintidós, veintitrés, veinticuatro... —murmuró, sincronizando su conteo con el reloj.
Cuando llegó a mil, descubrió que ya no temblaba y en la pared, con el trozo de carbón que usaba para dibujar, escribió:
Regla 1:
El miedo dura 17 minutos si cuentas en voz alta.
Regla 2:
Los adultos mienten cuando dicen nunca.
Arriba, la pelea había terminado. Su padre roncaba en la mecedora. Su madre canturreaba un salmo mientras fregaba algo en el fregadero.
John sacó de bajo su camisa el jilguero muerto que había encontrado esa tarde. Le pasó un dedo por las plumas azules ya opacas.
—Tú no decidiste morirte —susurró—. Algo te hizo dejar de cantar. Y voy a descubrir qué.
El grillo recomenzó su canto. Esta vez, John no lo interrumpió con sollozos. Observó. Anotó. Esperó.
Fuera, la luna iluminó por un instante el letrero oxidado de la granja: Propiedad de Pickens Watson. No pasar. La última palabra estaba tachada con pintura roja. Nadie sabía quién lo había hecho.
El aliento de Pickens Watson olía a aguardiente de la mañana hasta la noche. John, de nueve años, aprendió a medir el peligro por el ángulo en que su padre inclinaba la botella contra la luz del porche. Los días buenos terminaban con el hombre dormido sobre el surco izquierdo del maizal. Los malos, con los gritos de su madre Mary ahogándose entre los dobleces del vestido negro que nunca se quitaba, ni siquiera para dormir.
Una tarde de agosto, John encontró un pájaro carpintero muerto junto al pozo. Lo llevó al granero y lo colocó sobre la mesa de herramientas, rodeándolo de objetos que pensó podrían revivirlo: un imán, sal, tres gotas de agua bendita que robó del frasco de su madre. Cuando al tercer día el cadáver empezó a oler, comprendió su primer principio científico: la vida no vuelve, pero la descomposición sigue reglas precisas.
El sótano era su laboratorio involuntario. Mary lo encerraba allí cada vez que actuaba como su padre (llorar, gritar, preguntar por qué Dios permitía las borracheras). En la oscuridad, John descubrió que si contaba hasta mil en voz alta, el miedo se volvía un problema matemático.
Una noche, tras tropezar y romper accidentalmente un jarrón, John desarrolló su primer protocolo experimental sin saberlo:
Estímulo: Ruido de cerrojo (sonido metálico agudo).
Respuesta: Taquicardia, temblores.
Intervención: Canturrear mientras se mordía el dorso de la mano.
Resultado: Lograba detener las lágrimas exactamente al minuto 7.
Registró estos descubrimientos con tiza en la pared trasera del sótano, en donde las sombras los ocultaban.
Esa misma noche, el sonido de la botella de whisky vacía rodando por el piso de madera hizo que Mary Watson apretara los dedos alrededor del cuchillo de pelar manzanas. En el otro extremo de la mesa de la cocina, John, contaba los segundos entre el portazo y los pasos tambaleantes de su padre.
Pickens Watson entró a la casa, como un huracán, oliendo a alcohol y sudor. Su camisa, manchada de tabaco y algo que podría ser sangre, se pegaba a su torso ancho.
—¿Dónde está mi maldita cena, mujer? —espetó, arrojando la gorra de trabajo contra la pared.
Mary no alzó la vista. Sus manos, agrietadas por el constante trabajo del hogar, seguían sin detenerse, pelando manzanas.
—Estás tres horas tarde, Pickens. La comida está fría.
El primer golpe llegó sin aviso y fue una bofetada que la hizo tambalearse contra la estufa de hierro. John registró el sonido: un crujido sordo, como un melón cayendo al suelo.
—¡Fría! —rugió Pickens, agarrándola por el cabello grisáceo— ¡Como si no supieras que la mina me tiene hasta las putas ocho de la noche!"
Mary no gritó. Era la Regla No. 3: Los gritos lo excitan más. En cambio, dejó que él la arrastrara hacia la mesa, donde el plato de estofado grasiento esperaba. Con movimientos calculados, lo puso frente a él y se apartó exactamente un metro. La distancia que los moretones de la semana pasada indicaban que era segura.
Pickens hundió la cuchara en el plato y se la llevó a la boca, escupiendo el bocado.
—¡Esto sabe a perro muerto! —La siguiente cucharada voló directo al rostro de Mary. El caldo frio le escurrió por las mejillas, manchando la piel ya marcada por quemaduras anteriores.
John veía como su madre parpadeaba para soportar el dolor, pero no se limpiaba. Era la Regla No. 1: Ninguna reacción es la mejor reacción.
—Voy a calentarlo, murmuró Mary, tomando el plato con manos que no temblaban.
En un momento, Pickens la agarró de la muñeca. El sonido de los huesos rozándose hizo que John cerrara los ojos. Contó hasta siete antes de que pudiera volver a abrirlos.
—Tú... —el aliento a alcohol le golpeó la cara— crees que eres muy lista. Pero sé lo que haces.
Mary mantuvo la mirada en el reloj de pared. Las manecillas marcaban 11:47. Sabía que a las 12:05, el whisky lo vencería. Solo debía aguantar 18 minutos más.
—Sí, Pickens —susurró—. Siempre sabes todo.
El cumplido lo desarmó. Pickens soltó su brazo y se desplomó en la silla, buscando otra botella. Mary aprovechó para escupir dentro del fregadero, discretamente un poco de sangre que aún mantenía en su boca.
Esa noche, John anotó en su cuaderno escondido:
Observación #39:
Los cumplidos detienen la violencia un 30% más rápido que el silencio. Pero el costo es mayor (ver muestra dental en frasco No. 12).
Afuera, los grillos seguían cantando. Como si en la granja Watson no ocurriera nada anormal. Como si cada noche no fuera un experimento más en el laboratorio del miedo.
Una semana más tarde, durante la mañana del día domingo en que Pickens estaba libre en la mina. El silencio en el granero era tan espeso que John podía oír el sonido de su propia sangre corriendo por sus oídos. Tenía solo doce años, y estaba colgado boca abajo de una viga, atado por los tobillos con la misma soga que su padre usaba para amarrar a los cerdos antes del matadero. El aliento le quemaba los pulmones, pero no lloraba. Ya sabía que los sollozos solo lo empeoraban.
Pickens Watson entró arrastrando los pies, la botella de whisky balanceándose en su mano como un péndulo. El olor a alcohol y sudor ya característico en él, llenó el espacio entre ellos.
—¿Sabes por qué estás ahí, muchacho? —preguntó, dando un trago largo.
John contó lentamente hasta tres antes de responder. Sabía que si lo hacía demasiado pronto, lo acusaría de insolente. Demasiado tarde, de estúpido.
—Porque no terminé de ordeñar las vacas.
A aquella respuesta, Pickens soltó una carcajada que terminó en tos.
—No. Estás ahí porque elegiste ser un vago.
La primera bofetada llegó sin aviso. El anillo de matrimonio de Pickens le abrió el labio inferior, y de inmediato John sintió el sabor a cobre en su boca.
—¿Cuánto es siete por ocho? —gruñó Pickens.
John tragó sangre antes de responder:
—Cincuenta y seis.
El segundo golpe fue con el puño cerrado, en el mismo lugar.
—¿Y doce por doce?
—Ciento cuarenta y cuatro.
Esta vez, el cinturón de cuero silbó antes de golpear su espalda. John contuvo el grito, mordiendo su lengua hasta casi cortarla con los dientes.
Era siempre lo mismo. Pickens lo interrogaba sobre matemáticas, historia o versículos bíblicos, y cada respuesta correcta era premiada con un golpe.
¿Por qué? Le había preguntado John una vez, cuando tenía ocho años y la respuesta fue: Porque el mundo es así. Cuanto más sabes, más te golpean. Mejor que aprendas ahora.
Ahora, colgando como un animal de caza, John aplicaba la única lección que valía la pena recordar: No llorar. No pedir clemencia. Esperar a que se canse.
Pickens le dio una patada en las costillas, pero ya estaba perdiendo interés. El alcohol le nublaba los ojos, y pronto empezaría a divagar sobre la mina, sobre el gobierno, sobre cualquier cosa que no fuera el hijo que colgaba frente a él.
—Bájate solo si eres hombre, masculló antes de salir, dejando la botella vacía rodando por el suelo del granero.
John esperó diez minutos, que contó en su cabeza, antes de empezar a balancearse. La soga le quemaba los tobillos, pero después de tres oscilaciones, logró agarrar una horquilla que había escondido entre la paja.
Allí en el granero, escondido detrás de una tabla suelta, estaba siempre su cuaderno y con manos temblorosas, John anotó:
Día 214:
Preguntas de multiplicación. 7 golpes (3 con anillo, 2 con puño, 1 con cinturón, 1 con pie). Tiempo hasta desmayo:
12 minutos.
Mejor que ayer.
Debajo, en letras más pequeñas:
Próximo objetivo: Aguantar 15.
Afuera, los grillos cantaban como si nada y dentro de la casa, como siempre, su madre lo esperaba con agua fría y trapos limpios para curarlo.
Ninguno diría nada. No había nada que decir.
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