El peso de la costumbre - Capítulo 1

jueves, febrero 05, 2026 0 Comments A+ a-


CAPÍTULO 1

LA AUSENCIA HABITADA

 



El despertador no sonó como de costumbre. Se activó, a las 6:03 AM, con la suavidad electrónica de quien no quiere despertar a nadie. Pero para Elena ya era demasiado tarde. Llevaba cuarenta y siete minutos con los ojos abiertos en la penumbra, escuchando la respiración profunda y regular de David a su lado, sintiendo el peso de otro día idéntico al anterior apretándole el pecho como un corsé de plomo.

Movió un pie con cautela hacia el otro lado de la gran cama king-size. El espacio estaba frío. David ya no estaba.

Oyó entonces, desde abajo, el leve chasquido metálico de la corredera de la cremallera de su maletín de cuero. Siete pasos. Siempre siete pasos desde la cocina hasta la puerta principal. Luego, el sonido definitivo: el clic sordo y seguro de la cerradura al cerrarse. No un portazo, no un ruido que delatara enfado o prisa. Sino un susurro de salida, discreto y eficiente. Era el indicador de su partida, un sonido que, después de quince años, había dejado de ser una despedida para convertirse en un abandono cotidiano.

Elena se incorporó. La casa, una vez que los niños eran despertados, lavados, vestidos y alimentados con la eficiencia de una operación militar mañanera, había quedado en un silencio elocuente. Se puso la bata de felpa, sintiendo el tacto suave y gastado contra su piel, y bajó las escaleras descalza, evitando los escalones que crujían.

En la cocina, pulcra y ordenada como un catálogo de muebles, encontró las señales de su paso: la taza del café vacía en el fregadero, aún con el poso marrón en el fondo; la miga solitaria de una tostada en el mármol blanco. Él siempre limpiaba, pero nunca del todo. Siempre dejaba un rastro mínimo, casi imperceptible, como si su presencia, incluso en la huida silenciosa, necesitara ser atestiguada.

Su mirada se posó en el imán del refrigerador, un corazón de cerámica hecho por Laura, sosteniendo un dibujo de su hija: una casa con un sol sonriente y cinco figuras de palo. Cinco. Mamá, papá, Laura, el pequeño Tomás y el perro, Toby. Una ficción en crayola que le sonrió desde la puerta fría. En la realidad, la casa solo estaba habitada por ausencias. La de David, física. La de ella, emocional.

La jornada se desplegó ante ella con la monotonía predecible de una cinta transportadora. Recoger la ropa, pasar la aspiradora por las mismas alfombras, responder emails de trabajo freelance desde el portátil en la cocina. Cada tarea era un ladrillo más en un muro invisible que la rodeaba, un muro que crecía milímetro a milímetro cada día.

A las 11:23 AM, sonó su teléfono. "David", decía la pantalla. Un escalofrío de rutina, no de emoción, le recorrió la espalda.

—Hola —dijo ella, con la voz neutra y plana que usaba para él desde hacía meses, un tono que había perfeccionado para no delatar nada.

—Hola, Elena. Oye, va a ser una de esas noches —la voz de David sonaba distante, con el eco de una oficina ocupada—. La reunión con los de la nueva cuenta se alarga. No me esperes a cenar.

—No worries —respondió ella, automáticamente, usando la frase en inglés que él, el ejecutivo global, había adoptado y que a ella le sonaba siempre a un idioma ajeno, el idioma del trabajo que se lo devoraba lentamente—. ¿Llegarás para darles las buenas noches a los niños?

Una pausa breve. La podía visualizar revisando su agenda mental, calculando tiempos y compromisos.

—Lo intentaré. Pero no les prometas nada. ¿Todo bien por ahí?

No, pensó ella, con una claridad que le quemó el estómago. Nada está bien. Estoy ahogándome en esta rutina y ni siquiera te das cuenta. Tu mujer se está convirtiendo en un fantasma y tú solo ves la casa ordenada.

—Sí, David. Todo bien.

Colgó. La palabra "worries" resonó en el silencio de la cocina. "No worries". No te preocupes. Pero la preocupación, la ansiedad sorda, la tristeza que se había instalado como un huésped permanente en su pecho… eran lujos para los que David ya no tenía tiempo. O espacio.

Para Elena, la tarde se fue en preparar la merienda, recoger a los niños del colegio, ayudar con los deberes, bañarlos. Eran los momentos que más amaba y, a la vez, los que más la agotaban. Era madre a tiempo completo, pero a menudo se sentía como una empleada doméstica de su propia vida, gestionando un hogar que parecía funcionar perfectamente sin necesidad de que su corazón estuviera realmente presente.

David llegó esa noche, cuando los niños ya estaban dormidos. Elena lo oyó llegar, dejar las llaves en el cuenco de cerámica con un tintineo cuidadoso, colgar la chaqueta en el perchero. Sus pasos subieron las escaleras y se detuvieron frente a la habitación de los niños. Desde la penumbra del pasillo, ella lo observó. Se inclinó para besar la frente de Laura, luego la de Tomás. Eran gestos automáticos, sinceros en su amor, pero ejecutados con la precisión de un ítem en una lista de tareas pendientes.

Al fin, se volvió hacia ella. Tenía las facciones cansadas, el nudo de la corbata deshecho y una sombra de barba oscureciendo su mandíbula.

—¿Todo en orden? —preguntó, en un susurro que era más por el sueño de los niños que por intimidad.

—Sí. Los niños preguntaron por ti. Laura quería enseñarte su dibujo nuevo.

David asintió mientras colocaba una de sus manos en su frente, y una sombra de culpa cruzó su mirada por un instante, solo un instante, antes de ser disipada por la pesadez del cansancio.

—Mañana salgo más temprano. Prometido. Jugaremos a algo antes de cenar.

Elena solo asintió. Eran promesas de humo, bien intencionadas, que se disipaban con la primera llamada de un cliente importante, con la primera urgencia que surgiera en la oficina.

Mientras David se duchaba, Elena bajó otra vez a la cocina. Recogió algunas cosas del fregadero. Estaban frías. Las secó con esmero y las guardó en el armario, cada una en su sitio exacto. Luego, apagó la luz, sumiendo la estancia en una oscuridad que le resultó más familiar que la claridad.

Subió a la habitación y se metió a la cama. Del otro lado, David ya respiraba con la pesadez del sueño profundo. Entre ellos, el espacio de una persona adulta se extendía como un abismo silencioso. No era un vacío de enfado o de pelea, sino de pura y simple desconexión. Dos líneas paralelas que nunca volverían a cruzarse.

Elena cerró los ojos, pero el sueño no llegaba. En la oscuridad, el silencio no era paz, sino una presencia pesada, habitada por los ecos de las palabras no dichas, de los gestos no hechos, de la vida que se les escapaba entre los dedos, un grano de arena de rutina cada mañana, hasta formar una duna de costumbre bajo la cual ella se estaba quedando, lenta e inexorablemente, sin aire.

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