La dama ciega: La cadena rota - Capítulo 1
CAPÍTULO 1
MEDIANOCHE EN VÉRITAS
La lluvia fría de noviembre azotaba los edificios de Manhattan como si el cielo quisiera limpiar la ciudad de sus pecados. En la Quinta Avenida, bajo la neblina plateada de los faroles, la joyería Véritas parecía un templo moderno. Forrado en mármol negro pulido, ventanales de triple cristal blindado y letras doradas que brillaban con dignidad silenciosa. Dentro, bajo luces cálidas y calculadas, diamantes de diez quilates, esmeraldas colombianas y relojes suizos que costaban más que un apartamento en Brooklyn descansaban sobre terciopelo azul marino.
Eran las 2:47 a.m. En el callejón trasero, donde los contenedores de basura exhalaban vapor y el olor a humedad se mezclaba con el de la pizza fría, cinco figuras emergieron de la oscuridad como sombras materializadas. No hablaban. Se comunicaban con gestos precisos, casi militares.
Anya Markov, alta y delgada como un alambre de acero, con el cabello negro recogido en un moño ceñido, examinó la puerta trasera. Sus ojos, de un gris glaciar, escanearon cada centímetro. Llevaba un traje negro de alta tecnología que no crujía y no reflejaba la luz. En sus manos, enfundadas en guantes de latex negro, sostenía un dispositivo del tamaño de un teléfono.
—Tres minutos —murmuró, con una voz parecida a un susurro áspero, con un ligero acento eslavo.
Iván, ancho de hombros, con el cuello de toro y manos que parecían poder doblar hierro, colocó una almohadilla de succión sobre el cristal de la puerta lateral. Dimitri, más joven, ágil, con rostro de halcón, vigilaba ambos extremos del callejón. Kostia, el técnico, conectaba cables a una caja negra mientras sus dedos bailaban sobre una tablet.
Y luego estaba Luka.
Con apenas diecinueve años, delgado, con el rostro aún suave de adolescente pero los ojos grises heredados de Anya —su madre— llenos de una tensión que no podía ocultar. Apretaba y soltaba los puños, respirando por la boca. Llevaba la misma ropa negra que los demás, pero en su cuello, bajo la tela, se adivinaba el delgado relieve de una cadena de oro.
—¡Luka! —llamó la atención Anya sin girar la cabeza—. Respira por la nariz. Controla el ritmo.
—Sí, mamá —susurró él.
—No aquí —cortó ella—. Aquí soy Anya. La jefa.
Un clic suave, casi musical. La cerradura electrónica de la puerta cedió. Kostia esbozó una sonrisa torcida.
—Listo. Sin alarmas. Tenemos siete minutos antes del próximo barrido térmico de la central.
Entraron en fila india. El interior de Véritas olía al perfume de un limpiador caro, a cera de abejas y a la quietud del lujo absoluto. Las cámaras de seguridad, inutilizadas por el bloqueador de Kostia, seguían girando lentamente, pero ciegas.
Anya señaló con dos dedos. Iván y Dimitri se dirigieron a la gran caja fuerte tras el mostrador principal. Kostia se quedó en la entrada, monitoreando. Luka fue asignado a las vitrinas laterales —las fáciles— pero sus ojos se desviaban hacia la pieza central: un collar de diamantes y zafiros llamado "Lágrima de Medianoche", valorado en 1.2 millones de dólares.
—Enfócate —le susurró Anya al oído, haciendo que se estremeciera—. No es el momento de soñar.
Iván abrió la cámara acorazada con un taladro de diamante que apenas sonaba como un zumbido de abeja. Dentro, bolsas de terciopelo azul con piedras sueltas, lingotes de oro de inversión, relojes Patek Philippe. Dimitri las iba depositando rápidamente en una mochila aislante térmica.
Luka, con manos que le temblaban levemente, aplicó un disco de corte por ultrasonido al cristal de la vitrina lateral. El cristal se separó limpia y silenciosamente. Extendió la mano para tomar un par de aretes de esmeralda. En ese momento, un ruido exterior —la lejana bocina de un taxi— lo sobresaltó. Retrocedió bruscamente, y su hombro golpeó el borde de la vitrina principal.
No se rompió. Pero el impacto resonó en el silencio.
Anya lo miró con ojos que podrían haber congelado el fuego en ese momento.
—Recupérate —ordenó, sin levantar la voz.
Luka asintió, avergonzado. Se inclinó de nuevo para terminar. Al hacerlo, algo se enganchó en el borde afilado del cristal cortado: la fina cadena de oro que llevaba al cuello. Un tirón seco, casi imperceptible. El cierre, viejo y gastado, cedió.
La cadena cayó al suelo con un sonido tan tenue como el aterrizaje de una pluma. Se deslizó entre los fragmentos de cristal y se acomodó en la junta del piso de mármol, invisible a los ojos de cualquiera.
Nadie la vio caer.
A los seis minutos y cuarenta y tres segundos, salieron. Kostia reactivó las cámaras. La puerta se cerró. No dejaron más rastro que el vacío donde antes había brillo.
La lluvia había cesado. Al callejón llegaba un fuerte olor a comida —quizás de la cocina de alguno de los restaurantes cercanos. Subieron a una furgoneta negra sin placas que los esperaba estacionada a dos calles de la joyería. Anya revisó el botín de manera rápida y profesional.
—Buen trabajo —dijo, y por primera vez hubo un atisbo de algo que no fuera hielo en su voz—. El padre estaría orgulloso.
Luka se tocó el cuello instintivamente y notó la ligereza. El vacío. De inmediato palideció. Abrió la boca para decir algo, pero Anya ya estaba dándole instrucciones a Kostia sobre la ruta.
La furgoneta se perdió en la noche neoyorquina. En Véritas, bajo las luces que seguían brillando para nadie, la cadena de oro con su dijes en forma de espiral dentro de un triángulo yacía entre el cristal, esperando a ser encontrada. No era una joya robada. Era un pedazo de alma dejado atrás. Y sería la primera grieta en el robo perfecto
.
.
* * * * *








