La dama ciega: Un asesinato sin huellas - Capítulo 1

jueves, febrero 05, 2026 0 Comments A+ a-


CAPÍTULO 1

LA SOMBRA EN LA LLUVIA

 




La lluvia no caía, se estrellaba. Era una cortina gris y líquida que golpeaba con saña el asfalto brillante de la carretera M-315, una cinta de hormigón que serpenteaba entre colinas oscuras y se perdía en la negrura más allá de los faros de los vehículos. En el interior de su cabina, Ignacio, el conductor del enorme camión Scania cargado de tuberías de acero, maldecía entre los dientes. La radio de FM siseaba una vieja canción de amor, y el limpiaparabrisas trazaba arcos frenéticos que parecían inútiles contra el aguacero.

 

—¡Maldita sea! —murmuró, ajustando sus gruesos dedos alrededor del volante.

 

Había salido con retraso de la fundición y ahora pagaba el precio: una carretera solitaria, una visibilidad nula y la molesta sensación de que un remolque con semejante carga y en esas condiciones era una invitación al desastre. Redujo la velocidad aún más, hasta los 60 km/h, y encendió las luces de emergencia. Los cuatro intermitentes anaranjados parpadeaban como luciérnagas agonizantes en la cortina de agua.

 

 

A unos cientos de metros detrás, un fantasma rojo se movía con elegancia letal. Era un Audi A8, un coloso de líneas puras y un motor que susurraba promesas de velocidad. En su interior, la cabina era un santuario de silencio y cuero perfumado. Alejandro Monteverde, de sesenta años, con el cabello cano peinado con impecable precisión y un traje de lana oscura que costaba más que el sueldo mensual de Ignacio, apretaba el volante con una mano mientras con la otra sostenía el teléfono móvil.

 

—Sí, lo sé, cariño. Fue una noche tediosa —decía, su voz un bajo calmado, un instrumento habituado a dar órdenes y a ser obedecido—. Pero el director del banco es un hombre antiguo, necesita estos rituales de palmaditas en la espalda y copas de coñac… No, no tomé mucho. Solo uno. Para ser sociable.

 

Escuchó la voz melodiosa y un tanto quejumbrosa de Valeria al otro lado de la línea.

 

—¿Y mi auto? ¿Cómo se porta mi bebé?

 

Alejandro esbozó una sonrisa.

 

—Tu bebé es un demonio con asientos de masaje. Y es lo único que echo de menos esta noche. Preferiría mil veces estar allí contigo.

 

Era cierto en parte. Valeria, con sus veintiocho años y su belleza de portada de revista, era su trofeo más preciado, la prueba viviente de que el éxito y la juventud podían comprarse. Pero también era exigente y, a veces, terriblemente superficial. Esta noche, sin embargo, su frivolidad le había salvado.

 

—El Mercedes necesita una puesta a punto, mi amor —le había dicho esa mañana—, y no puedo llegar al evento de la ópera en un taxi. Mándame el auto con Manuel, por favor.

 

Él, deseoso de complacerla, había accedido. Ahora, conduciendo el deportivo berlina de su esposa, se sentía extrañamente conectado a ella, a su juventud, a su olor.

 

—Bueno, ya casi llego a casa —dijo Alejandro—. Te veo en...

La frase se congeló en sus labios.

 

Justo delante, emergiendo de la pared de lluvia como un monstruo de acero, aparecieron las luces intermitentes del camión. Estaban demasiado cerca. Mucho más cerca de lo que deberían.

 

La dama ciega — M. E. Molano

 

Un instinto primario le hizo pisar el freno. Su pie encontró una resistencia esponjosa, un vacío terrible donde debería existir una respuesta firme y mecánica. No hubo la respuesta esperada, ni el leve tirón del cinturón de seguridad. Nada.

 

—No… —susurró, confundido.

 

Pisó a fondo, con todas sus fuerzas. El pedal se hundió hasta el suelo sin ofrecer la más mínima resistencia.

 

Las luces anaranjadas crecieron, llenando el parabrisas. El enorme parachoques trasero del Scania, salpicado de barro, era ahora la única cosa en el mundo.

 

—¡Valeria! —gritó, un grito inútil, un eco ahogado por el estruendo.

 

El impacto fue un cataclismo de cristal destrozado, metal retorcido y el sonido sordo de la carne y el hueso cediendo contra la violencia inercial. El airbag explotó como un hongo blanco e inútil, demasiado tarde para salvar una vida, solo para preservar un cadáver en una postura falsamente serena. El morro del Audi se introdujo bajo la plataforma del camión como un cuchillo, y las tuberías de acero, liberadas de sus sujeciones, cantaron su canción de muerte mientras se desplazaban hacia delante, aplastando lo que quedaba del compartimiento de pasajeros.

 

Ignacio, el conductor del camión, fue lanzado violentamente contra su cinturón de seguridad. El chirrido de su vehículo siendo empujado varios metros por el impacto le desgarró los tímpanos. Cuando todo se detuvo, solo quedó el silbido del viento a través de los cristales rotos y el repiqueteo obsesivo de la lluvia sobre el chasis retorcido.

 

Temblando, con las manos aferradas al volante como a un salvavidas, Ignacio forcejeó con la puerta y salió tambaleándose. El viento y la lluvia le azotaron el rostro. Se acercó al amasijo de metal que una vez fue un automóvil de lujo. Lo que vio en el interior le hizo vomitar en el acto, mezclando el ácido de su estómago con el agua fría del aguacero.

 

La llamada llegó al puesto de la Guardia Civil a las 11:22. Diez minutos después, los autos patrulla estaban en la escena, pintándola de destellos azules y rojos que se reflejaban en los charcos y en los fragmentos de cristal esparcidos como diamantes malditos.

 

El sargento García, un hombre con cara de haberlo visto todo y de no haberle gustado nada, dirigió las operaciones con una eficiencia sombría. Los bomberos trabajaron durante casi una hora para extraer el cuerpo de Alejandro Monteverde. No había prisa, solo protocolo.

 

—Parece claro, ¿no? —dijo un guardia novato, pálido como la cera, observando cómo subían el cadáver, cubierto con una lona, a la ambulancia—. Exceso de velocidad, lluvia, el camión con las luces de emergencia… El señorito iba demasiado rápido y no lo vio.

 

García no respondió. Caminó lentamente alrededor de los restos del Audi. Algo no encajaba. El patrón de destrozo. La posición final del vehículo. Se agachó, evitando un charco de aceite y anticongelante que formaba un arcoíris macabro en el asfalto. Con una linterna, iluminó la parte trasera del auto, o lo que quedaba de ella. Allí, entre el lío de cables y tubos retorcidos, su ojo experto detectó algo. Dos líneas metálicas, parecidas a venas, que terminaban en un corte limpio, demasiado limpio, no reventado por la fuerza bruta del impacto. Eran las líneas de los frenos.

 

Se puso de pie, frunciendo el ceño. El agua le corría por la nuca bajo el cuello de la gabardina.

 

—Llama a la científica —le ordenó al novato, con su voz grave interrumpiendo el estruendo de la lluvia—. Y a un perito mecánico. Esto ya no me parece un accidente.

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