Las consecuencias del deseo - Capítulo 1

miércoles, febrero 04, 2026 0 Comments A+ a-


CAPÍTULO 1

UN MATRIMONIO PERFECTO

 




La luz del amanecer se filtraba entre las persianas semiabiertas, dibujando líneas doradas sobre las sábanas de algodón egipcio. Amanda abrió los ojos antes de que sonara la alarma, como hacía desde hacía veinticinco años. El silencio de la casa era tan familiar como el latido de su propio corazón. A su lado, Felipe dormía de espaldas a ella, la respiración profunda y regular, un brazo fuera de las cobijas mostrando la cicatriz que le había dejado una viga mal colocada en sus primeros años de constructor.

Veinticinco años.

Amanda se levantó sin hacer ruido, sus pies descalzos encontrando el suelo de madera pulida que siempre estaba a la temperatura perfecta, gracias al sistema de calefacción que Felipe había instalado personalmente. La habitación era amplia, minimalista, decorada con el mismo gusto impecable que caracterizaba toda la casa. Fotografías en blanco y negro de sus viajes a Italia, Grecia y Marruecos adornaban las paredes. En la mesita de noche de Felipe, una imagen descolorida de su boda: ella con un vestido sencillo pero elegante, él con un traje que le quedaba un poco grande en los hombros. Los dos sonriendo como si el futuro fuera solo una promesa interminable de felicidad.

Se detuvo frente al espejo del baño. Cuarenta y cuatro años. Los decía en silencio, como si al pronunciarlos pudiera conjurar su paso. Pero los números no encontraban reflejo en su cuerpo. Las horas diarias en el gimnasio, la dieta estricta, los tratamientos de belleza que se permitía cada mes, todo había creado una armadura contra el tiempo. Su vientre seguía plano, sus piernas tonificadas, sus brazos con la definición muscular justa para sugerir fuerza sin masculinidad. Se inclinó hacia el espejo, examinando las diminutas arrugas en el contorno de sus ojos. "Experiencia", solía decir su esteticista. "No arrugas, experiencia".

Cuando salió de la ducha, Felipe ya estaba en la cocina. El aroma a café recién hecho llenaba el aire, mezclado con el dulce olor de las tostadas.

—Buenos días —dijo él sin levantar la vista del periódico financiero que estaba desplegado sobre la isla de mármol.

—Buenos días —respondió Amanda, besándole en la mejilla. Su piel olía a jabón y a sueño.

Felipe le pasó una taza de café, exactamente como ella lo tomaba: un poco de leche de almendra, sin azúcar. Veinticinco años de matrimonio se resumían en esos pequeños gestos automatizados, en el conocimiento íntimo de las preferencias del otro. En otro tiempo, esos detalles le habían parecido la esencia del amor. Ahora solo eran rutina.

—¿Tienes la reunión con los de la urbanización Costa Verde? —preguntó Amanda mientras untaba mantequilla en una tostada.

—A las once. Después tengo que pasar por el banco —respondió Felipe, hojeando las páginas con una expresión preocupada—. Los tipos de interés subieron otra vez.

Amanda asintió, aunque sabía que Felipe no esperaba una respuesta. Su matrimonio había evolucionado hacia una sociedad eficiente. Ella dirigía el departamento de diseño arquitectónico de Herrera Construcciones; él manejaba la parte financiera y operativa. Por las noches, hablaban de contratos, plazos, materiales. Rara vez de ellos.

—Yo tengo la presentación del proyecto Bennett a las tres —dijo Amanda, observando su reflejo en la ventana de cristal—. El inversor nuevo, el que quiere remodelar el hotel en la costa.

Felipe levantó finalmente la vista. Sus ojos, del mismo color grisáceo que el cielo de la mañana, se encontraron con los de ella.

—Matías Bennett. Leí sobre él. Tiene intereses en medio mundo. Podría ser nuestro cliente más importante —hizo una pausa—. Sé cuidadosa. Los hombres como él suelen ser… exigentes.

—Siempre lo soy —respondió Amanda, sonriendo con una seguridad que ya no sentía del todo.

Su teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje de su hijo, Javier, que estudiaba arquitectura en Barcelona: "Ma, ¿me puedes transferir para los libros? Te lo devuelvo cuando vaya." Amanda sonrió. A sus veintidós años, Javier todavía no entendía completamente el valor del dinero, a pesar de haber crecido viendo a sus padres construir un imperio desde cero.

—Es Javier —dijo, mostrando el mensaje a Felipe.
—Ya le transferiré yo —respondió Felipe, volviendo al periódico—. Dile que llame alguna vez. Hace dos semanas que no hablamos.

Amanda envió un mensaje rápido antes de guardar el teléfono. La ausencia de Javier pesaba en la casa como un mueble demasiado grande en una habitación pequeña. Su habitación, intacta desde que se fue, era un museo de su adolescencia: posters de equipos de fútbol, trofeos de natación, maquetas arquitectónicas que prefiguraban su vocación.

Después del desayuno, cada uno se dirigió a su rutina matutina. Felipe se encerró en su estudio para revisar cifras; Amanda se vistió con su ropa de entrenamiento: leggings negros, top deportivo azul marino, zapatillas que costaban más que el sueldo semanal de uno de sus obreros. Antes de salir, pasó por el estudio.

—¿Vas al gimnasio? —preguntó Felipe, sin levantar la vista de la pantalla del ordenador.

—Como siempre. Luego iré directo a la oficina.

—Nos vemos en la presentación, entonces.

Amanda dudó un instante, como si esperara algo más: un beso de verdad, un "te quiero", una mirada que durara un segundo más de lo necesario. Pero Felipe ya estaba inmerso en sus números, su frente surcada por la preocupación de mantener a flote el barco que habían construido juntos.

Ella cerró la puerta suavemente.

El Centro Deportivo "Nexo" era el gimnasio más exclusivo de la provincia, un espacio de cristal y acero donde la gente iba tanto a ser vista como a entrenar. A las siete de la mañana, ya estaba lleno de cuerpos perfectos ejecutando movimientos perfectos ante espejos infinitos. El aire olía a limpieza, a sudor caro y a ambición.

—¡Amanda! Justo a tiempo para la clase de HIIT.

Álvaro, el entrenador jefe, le sonrió desde la recepción. A sus treinta y cinco años, era la encarnación de la salud: brazos esculpidos, sonrisa blanca, ojos verdes que parecían siempre a punto de bromear. Llevaba una camiseta ajustada que dejaba ver los contornos de un abdomen definido.

—No me dejarías faltar, Álvaro —respondió Amanda, dejando su bolsa en un casillero.

—Sabía que no. Eres mi alumna más disciplinada —su mirada recorrió su figura con aprobación profesional—. Se nota el trabajo en los hombros. ¿Has estado haciendo más press militar?

—Un poco. Me gusta cómo define.

—Pues sigue así. A tu edad, mantener esa definición es… impresionante.

La palabra quedó flotando en el aire. "A tu edad". Amanda sintió un pinchazo familiar, esa mezcla de orgullo y resentimiento que la acompañaba cada vez que alguien elogiaba su aspecto con un matiz de sorpresa, como si a los cuarenta y cuatro años ya debería haber capitulado ante la gravedad.

—Voy a calentar en la cinta —dijo, desviando la conversación.

—Te acompaño. Tengo que ajustar la rutina de la señora Ortega de todos modos —Álvaro caminó a su lado, con su presencia generando miradas discretas de algunas mujeres en las elípticas.

Mientras Amanda comenzaba a trotar en la cinta, Álvaro se apoyó en la máquina contigua.

—Oye, quería preguntarte algo —dijo, bajando la voz aunque la música electrónica lo cubría todo—. Estoy organizando un grupo de entrenamiento en la sierra los fines de semana. Senderismo, algo de escalada en roca. Pensé que te gustaría. Necesito gente en buena forma que no se queje a la primera cuesta.

Amanda miró su reflejo en el espejo frente a ellas. Su cuerpo se movía con eficiencia mecánica, cada músculo cumpliendo su función.

—No sé, Álvaro. Los fines de semana suelo trabajar en proyectos.

—Vamos, Amanda. Hace meses que no te tomas un descanso. Además —se inclinó un poco—, el paisaje es increíble. Te haría bien desconectar.

Había algo en su tono, una sugerencia apenas velada, que hizo que Amanda acelerara el paso en la cinta.

—¿Quién más va?

—Algunos clientes. Gente interesante. El Dr. Ramos, la periodista de la televisión local… —hizo una pausa—. Yo voy a ser el guía, claro.

Amanda sintió una curiosidad peligrosa. Los fines de semana con Felipe eran aburridos: algún evento social relacionado con el negocio, cenas silenciosas en casa, alguna película que ninguno de los dos veía realmente. La idea de un día en la montaña, sudando al aire libre, rodeada de gente nueva…
—Déjame pensarlo —respondió, mirándolo a los ojos a través del espejo.

Álvaro sostuvo su mirada un segundo de más.

—Claro. No hay prisa —sonrió, mostrando unos dientes perfectos—. Pero si decides venir, prometo que no te arrepentirás.

Se alejó para atender a la señora Ortega, una viuda de sesenta y cinco años que iba al gimnasio más por compañía que por ejercicio. Amanda observó cómo Álvaro se inclinaba para explicarle un ejercicio, paciente, amable. Era bueno en su trabajo. Sabía cómo hacer que la gente se sintiera especial.

Durante la clase de HIIT, Amanda se esforzó más de lo habitual. Los saltos, las sentadillas, los burpees. Cada movimiento era un desafío que aceptaba con ferocidad. Álvaro la observaba desde el frente del estudio, gritando instrucciones, pero sus ojos se posaban en ella con más frecuencia que en los demás.

—¡Vamos, Amanda! ¡Tú puedes con una más! —exclamó cuando ella hacía planchas.

Ella aguantó, los músculos temblándole, hasta que Álvaro dio por terminado el ejercicio.

—Impresionante —dijo, acercándose para ofrecerle una toalla—. Parece que hoy viniste con algo que demostrar.

Amanda aceptó la toalla, notando cómo sus dedices rozaban los de él.

—Siempre tengo algo que demostrar —respondió, sin aliento.

—A tu marido debería darle envidia que pases más tiempo conmigo que con él —bromeó Álvaro, pero su tono tenía un filo.

—Felipe está ocupado con la empresa.

—Claro. El trabajo. Siempre es el trabajo, ¿no?

Amanda no respondió. Se secó el sudor del cuello, consciente de que Álvaro seguía mirándola.

—Oye, sobre el senderismo… —comenzó él.

—Te digo esta semana —lo interrumpió Amanda—. Tengo un proyecto importante y no sé cómo irán los tiempos.

—¿El del hotel en la costa? Oí algo. Inversor extranjero, ¿no?

—Español, pero con negocios en el extranjero. Matías Bennett.

Álvaro silbó suavemente.

—Ese tipo tiene fama. Cuidado con los tiburones, Amanda.

—Soy arquitecta, no pez pequeño —respondió, con más seguridad de la que sentía.

—Eso es lo que me gusta de ti —sonrió Álvaro—. Nunca te subestimas.

Cuando Amanda salió del gimnasio, el sol ya había calentado la mañana. Se detuvo un momento en la puerta, dejando que la luz le diera en la cara. Por un instante, se sintió poderosa. Invulnerable. Luego recordó las facturas que Felipe revisaba cada noche, la preocupación en su voz cuando hablaba de los bancos, el silencio que llenaba su casa como un gas invisible.

Mientras conducía hacia la oficina, pasó por delante del lugar donde había estado su primera obra importante: un edificio de apartamentos que ella había diseñado y Felipe había construido. Veintitrés años después, seguía en pie, con los balcones llenos de macetas y la fachada un poco descolorida por el sol. Recordó las noches que pasaban allí, trabajando hasta tarde, compartiendo un termo de café mientras discutían sobre los planos. Felipe solía masajearle los hombros cuando ella se quejaba de la tensión. "Juntos lo hemos hecho", le decía. "Juntos lo haremos todo".

Ahora, apenas se tocaban.

La oficina de Herrera Construcciones ocupaba el último piso de un edificio moderno en el centro de la ciudad. Amanda aparcó en su plaza reservada y tomó el ascensor de cristal que ofrecía una vista panorámica de la provincia. Desde allí arriba, todo parecía ordenado, controlable.

—Buenos días, Amanda —la recibió Lucía, la administradora, una mujer de cincuenta años con gafas de montura fina y una eficiencia que bordea lo intimidante—. Tienes los planos del proyecto Bennett en tu despacho. Y Carlos quiere hablar contigo sobre los cálculos estructurales.

—Gracias, Lucía. Dile a Carlos que pase en media hora.

Su despacho era amplio, con una gran ventana que daba a las montañas. En las paredes, diplomas, premios de arquitectura, fotografías de obras terminadas. En un estante, una maqueta del primer proyecto que diseñó sola: una guardería municipal. Felipe había hecho la construcción a coste, como regalo por su trigésimo cumpleaños.

Amanda se sentó y abrió la carpeta del proyecto Bennett. El hotel "Paraíso Blanco", en la costa mediterránea. Un edificio de los años setenta que necesitaba una renovación completa. Matías Bennett quería transformarlo en un establecimiento de lujo, con spa, restaurante con estrella Michelin y suites que costaban más que una casa promedio.

Mientras revisaba los planos, llamó a la puerta Carlos, el arquitecto junior que trabajaba con ella desde hacía tres años. Joven, talentoso, con una energía que a veces cansaba.

—Jefa, tengo un problema con la estructura de la piscina infinita —dijo, entrando sin ceremonia—. Según mis cálculos, el peso del agua con el sistema de filtración podría…

Amanda lo escuchó, haciendo anotaciones en los márgenes de los planos. Su mente, sin embargo, vagaba entre las cifras de Carlos y la imagen de Álvaro ofreciéndole la toalla, sus dedos rozándose.

—¿Amanda? —la voz de Carlos la trajo de vuelta.

—Disculpa. Dime.

—¿Estás bien? Pareces distraída.

—Estoy bien. Solo estoy pensando en la reunión con Bennett. Es un cliente importante.

Carlos asintió, aunque su expresión decía que no se lo creía del todo.

—Oye, sobre Bennett… —bajó la voz—. He oído cosas. Mi primo trabaja en un banco en Madrid y dice que es de los que consigue lo que quiere, cueste lo que cueste.

—Todos nuestros clientes quieren lo que quieren —respondió Amanda, con más brusquedad de la intencionada—. Nuestro trabajo es dárselo, dentro de lo posible.

—Claro, pero… bueno, tú sabrás —Carlos recogió sus papeles—. Enviaré los cálculos corregidos esta tarde.

Cuando se fue, Amanda se recostó en la silla. Miró la fotografía en su escritorio: ella, Felipe y Javier, sonriendo en un día de playa hacía diez años. Javier tenía doce años, Felipe todavía tenía pelo en la coronilla, y ella… ella parecía más joven, pero menos segura. Como si aún estuviera esperando permiso para ocupar el espacio que ahora llenaba con tanta autoridad.
Su teléfono vibró. Un mensaje de Felipe: "Los del banco piden más garantías. Necesitamos este proyecto, Amanda. No podemos fallar."

Ella respondió: "No fallaremos."

Pero mientras escribía, una parte de ella se preguntaba cuánto tiempo podían seguir fingiendo que todo estaba bien. Que su matrimonio era perfecto. Que su vida era exactamente como la habían planeado.

Miró por la ventana. En la calle, la gente caminaba con propósito, entrando y saliendo de cafeterías, hablando por teléfono, riendo. Vidas que parecían simples desde la distancia.

Amanda abrió el cajón de su escritorio y sacó un frasco pequeño de crema de manos. Se la aplicó lentamente, masajeándose cada dedo, cada nudillo. Era un ritual que la ayudaba a pensar. A recordar que, sin importar lo que ocurriera fuera de esas paredes, ella tenía el control de su cuerpo, de su espacio, de su profesión.

O al menos, eso necesitaba creer.

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