Lo que el amor no pudo evitar - Capítulo 1

miércoles, febrero 04, 2026 0 Comments A+ a-


CAPÍTULO 1

LA BRÚJULA PLATEADA

 



El sol no se ponía en Valencia; se derretía. Un líquido ámbar que se filtraba entre las copas de los naranjos del antiguo cauce del Turia, tiñendo el aire de un polvo dorado que parecía detenerse sobre los reflejos del agua en los estanques. Eran las siete de la tarde de un jueves de mayo, y el mundo, o al menos ese rincón del mundo, olía a azahar, a tierra húmeda tras un riego reciente, y a la promesa eterna de un verano que nunca acababa del todo.

André caminaba con las manos en los bolsillos del pantalón de lino, sintiendo el pequeño bulto duro y redondo que llevaba en el derecho. Cada tantos pasos, sus dedos rozaban el metal a través de la tela, como para asegurarse de que aún estaba allí, de que no se había evaporado junto con la ansiedad que lo había acompañado todo el día. A su lado, Sonia avanzaba con un ritmo más lento, casi flotante. Llevaba un vestido de algodón blanco, sencillo, que se le pegaba levemente a las piernas con la brisa cálida. En su cabello oscuro, recogido como en un desorden estudiado, en donde brillaban diminutos fragmentos de luz atrapados en ellos.


Cinco años. Podría haber dicho la fecha exacta, la hora, el minuto en que la vio por primera vez en aquella biblioteca de la Politécnica, con un libro de estructuras metálicas abierto y una expresión de concentración feroz que la hacía parecer inalcanzable. Pero no eran los años lo que contaba ahora. Era el peso del futuro, compactado en una pequeña esfera de latón que sudaba en su bolsillo.

—Pensé que el proyecto de Barcelona te tendría ocupado hasta junio —dijo Sonia, rompiendo el silencio cómodo que llevaban. Su voz era suave, pero tenía ese timbre ligeramente ronco que a él le ponía la piel de gallina.

—Reorganicé prioridades —respondió él, sin mirarla, observando en cambio a un niño que intentaba hacer navegar un barco de papel en el canal. El barco giraba en círculos, desorientado—. Hay cosas que no pueden esperar.

Ella lo miró de reojo, mostrando una sonrisa juguetona asomando a sus labios.

—¿Y yo soy una «cosa que no puede esperar», ingeniero Torres?

André se detuvo. Frente a ellos, el Puente de las Flores desplegaba su cascada de macetas colgantes, un derroche de color que parecía desafiar la decadencia gradual del día. Tomó aire. El momento era este. No habría otro atardecer más perfecto, otra brisa más oportuna, otro nudo en la garganta tan claro.

—Sonia —dijo, y su nombre salió más grave de lo que pretendía.

Ella se volvió completamente hacia él, la sonrisa desvaneciéndose al ver la seriedad en su rostro. En sus ojos castaños, él vio reflejarse el último destello del sol, y por un instante irracional, temió que al sacar la brújula, ese destello se apagara.

Sacó la mano del bolsillo. No la abrió de inmediato. Sostuvo el objeto cerrado en su puño, sintiendo el frío del metal ceder al calor de su piel.

—¿Sabes por qué me especialicé en puentes? —preguntó, en un desvío inesperado.

Ella negó con la cabeza, una curiosidad genuina iluminando su mirada.

—Porque un puente no es solo una estructura que une dos puntos —continuó, las palabras fluyendo ahora con una claridad que le sorprendió—. Es una decisión. Una declaración de que lo que está separado no debe estarlo. Que la grieta, el río, el vacío, no tienen la última palabra. Se calcula cada tensión, cada carga, cada posible temblor… para crear algo que resista. Algo permanente.

Abrió la mano. Sobre su palma, descansaba una brújula antigua. La caja era de latón, con un patrón de rosas de los vientos gastado por el tiempo y el tacto. El cristal tenía una fina grieta en un borde, pero no opacaba la belleza del instrumento. La aguja, magnetizada hacía más de un siglo, temblaba ligeramente antes de estabilizarse, señalando con fidelidad obstinada hacia el norte magnético.

Sonia contuvo el aliento. Sus ojos se movieron de la brújula al rostro de André, buscando una explicación que sus labios aún no formulaban.

—La encontré en una tienda de antigüedades de Lisboa, el mes pasado —explicó él, con voz como un susurro que competía con el murmullo del agua en los canales—. El dueño me dijo que perteneció a un navegante portugués. Que sobrevivió a tormentas en el Atlántico y a muchos momentos de navegación sin vientos que desesperaban a los marineros en el ecuador. Que nunca falló.

Con movimientos cuidadosos, como si manejara algo de una fragilidad extrema, tomó la brújula y la puso en la mano de Sonia. Sus dedos se rozaron. Un contacto eléctrico, familiar y sin embargo nuevo.

—Es para ti —dijo, y luego, antes de que el significado pudiera asentarse, añadió las palabras que había ensayado en silencio cien veces, y que ahora sonaban a la vez trilladas y absolutamente verdaderas—: Para que siempre encuentres tu norte, que soy yo.

El impacto de la declaración golpeó a Sonia no como un rayo, sino como una ola lenta y pesada. Sintió el peso de la brújula, mucho mayor que su masa física. Sintió la textura del latón pulido, el frío del cristal. Y luego, sintió una presión en el pecho, un ascenso repentino de calor detrás de los ojos. El mundo a su alrededor —los naranjos, el puente, el cielo teñido de púrpura— se desdibujó, convertido en una acuarela por el agua que anegaba su vista.

—André… —logró decir, pero su voz se quebró. Una lágrima, desobediente, se desprendió y corrió por su mejilla, dejando un rastro brillante.

Él la miró, alarmado. No era la reacción que había imaginado. Había previsto alegría, tal vez una carcajada, un abrazo apasionado. No este temblor silencioso, este dolor que parecía brotar de un lugar profundo y oscuro.

—¿Sonia? ¿Qué pasa? ¿He dicho algo…?

—No —interrumpió ella, sacudiendo la cabeza con fuerza, apretando la brújula contra su pecho—. No es eso. Es… es precioso. Es la cosa más hermosa que me han regalado.

—Entonces, ¿por qué lloras? —preguntó él, confundido, levantando una mano para enjugarla, pero deteniéndose en el aire, indeciso.


Ella cerró los ojos, tratando de ordenar el torrente de emociones. Cuando los abrió, la vulnerabilidad en su mirada era desgarradora.

—Porque me da miedo —susurró—. Me aterra no estar a la altura. De este… amor que me ofreces. Que es tan sólido, tan decidido, como un puente. Yo… yo no soy un puente, André. Soy más bien como esa aguja. Tiemblo. Me desoriento. ¿Y si un día la tormenta es demasiado fuerte? ¿Y si mi norte… se mueve?

Las palabras cayeron entre ellos, revelando una grieta que André no había sabido que existía. Había planeado un momento de unión, de promesa, y en cambio, se encontraba en el borde de un abismo de inseguridad que ella llevaba dentro. No era duda sobre él, comprendió de pronto. Era duda sobre ella misma.

En lugar de responder con más palabras, con garantías que en ese momento sonarían huecas, André dio un paso adelante y la envolvió en sus brazos. No fue un abrazo apasionado, sino uno profundo, contenedor, un dique contra el miedo. Sonia se hundió en él, enterrando su rostro en su hombro, la brújula aprisionada entre sus dos cuerpos. Podía sentir el latido de su corazón, constante, un ritmo firme contra el caos de sus propios pensamientos.

—No tienes que ser un puente —murmuró él contra su cabello, su aliento caliente en su oreja—. Solo tienes que querer cruzarlo. Yo haré el resto. Construiré el puente entero, Sonia. Piedra a piedra, hierro a hierro. Para ti. Para nosotros.

Ella sollozó, una vez, con un sonido que era mitad alivio, mitad agonía. Lo abrazó con más fuerza, como si él fuera el ancla que la salvaba de ser arrastrada por su propia corriente de inseguridad.

—Te amo —dijo él, las palabras saliendo en un susurro ronco—. Y eso no es una carga para ti. Es mi elección. Mi norte. Tú eres mi norte.

Permanecieron así, entrelazados, mientras el día terminaba de derramarse sobre Valencia. Las luces del puente comenzaron a encenderse, una a una, puntitos dorados que se reflejaron en el agua quieta del antiguo cauce. El barco de papel del niño, al fin, encontró un pequeño remolino que lo llevó hacia adelante, dejando atrás su círculo desesperado.

Finalmente, Sonia se separó lo justo para mirarlo a los ojos. Sus lágrimas habían cesado, pero su rostro estaba brillante, abierto.

—¿Siempre encontrarás el modo de decir lo correcto? —preguntó, con una sombra de su antigua sonrisa.

—No —respondió él, sincero—. Pero siempre buscaré el modo de llegar a ti.

Le tomó la mano que sostenía la brújula y la guió para que la abriera. La aguja, fiel, seguía señalando en la misma dirección.

—Mira —dijo—. Incluso ahora. Incluso con tus dudas, con mis miedos, con todo… ella sabe a dónde ir. No es perfecta. Apunta al norte magnético, no al geográfico. Hay una diferencia, una declinación. Pero sigue guiando. Nosotros también tendremos nuestra declinación, Sonia. Erraremos. Pero la brújula… el amor… nos mantendrá en el rumbo.

Ella observó la aguja, hipnotizada por su quietud vibrante. Luego, alzó la vista hacia él, y en sus ojos ya no había miedo, sino una determinación recién forjada, frágil como el cristal de la brújula, pero real.

—¿Y si me pierdo? —preguntó, un último suspiro de duda.

André sonrió, una sonrisa tranquila, llena de una certeza que nació justo en ese instante, al ver la fuerza regresar a su mirada.

—Entonces yo te encontraré. Con esta —dijo, tocando la brújula—. O sin ella. Siempre.

Se inclinó y la besó. Fue un beso lento, dulce, salado por las lágrimas secas, y cargado con el peso de la promesa recién hecha y la vulnerabilidad recién admitida. Un beso que sellaba un pacto no de perfección, sino de navegación conjunta.

Cuando se separaron, la noche había caído por completo. El Jardín del Turia se transformaba en un mundo de sombras y reflejos. André tomó la mano de Sonia, y ella cerró los dedos alrededor de la brújula. Caminaron de regreso, en silencio ahora, pero un silencio diferente. El aire entre ellos ya no era el de antes. Estaba cargado del futuro, de la tensión hermosa de algo que comienza, pero también de un eco sutil, casi imperceptible: el roce de algo frágil, algo que, en su belleza, acababa de revelar lo fácil que sería quebrarlo.

Sonia apretó la brújula con más fuerza. El metal, ahora tibio por el contacto de sus pieles, parecía latir en sincronía con su corazón. Tenía el norte en la palma de su mano. Y sin embargo, en algún lugar del fondo de su alma, donde las dudas solo se aquietan pero no mueren, una voz susurraba la pregunta que el amor, en toda su gloria, no podía acallar del todo:

¿Y si el verdadero norte no es un lugar, sino una elección que un día podrías no querer hacer?

Pero era solo un susurro. Lo ahogó con el sonido de los pasos de André a su lado, con la visión de sus espaldas anchas recortadas contra las luces de la ciudad, con la fe ciega y desesperada de quien decide creer que el amor, como la brújula, siempre encontrará el camino.

Mientras desaparecían entre los árboles, la aguja dentro del latón, en la oscuridad del bolsillo de su vestido, mantuvo su fiel y obstinada dirección. Ignorante, como solo los objetos inanimados pueden serlo, de que en unos años, esa misma fidelidad sería el testigo mudo de la tormenta perfecta que ya, en algún lugar de la ciudad, una mujer con una cámara y una herida en forma de hombre empezaba a diseñar.

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