Lo que no se puede borrar - Capítulo 1
CAPÍTULO 1
LOS CIMIENTOS QUE SE AGRIETAN
El aire en Baraltá siempre sabía a sal y a promesas incumplidas. Una bruma marina, perenne y húmeda, se aferraba a la ciudad como un suspiro colectivo, envolviendo los gruesos contenedores apilados en el muelle, pintados con jeroglíficos de compañías navieras de puertos remotos. Baraltá respiraba por la bahía; un pulmón monstruoso y metálico que inhalaba cargueros y exhalaba riqueza. Desde su oficina en el cuarto piso de Galaxie Inc., Héctor Ramírez contemplaba ese ritmo ancestral a través del cristal templado de su ventana. A sus treinta y cuatro años, conocía cada sonido: el chirrido agónico de las grúas Puente, el bramido de los remolcadores, el crujir sordo de los contenedores al acomodarse como piezas de un Tetris gigante. Era la banda sonora de una vida que había crecido entre la certeza del trabajo portuario y el fuerte y persistente olor a fueloil y caucho quemado.
Galaxie Inc. era un parásito eficiente de ese organismo. Importaba toneladas de mercancía china —electrónica, textiles, juguetes de plástico de ojos vacíos— que luego se redistribuían por el país. Héctor, con sus diez años en la empresa y un título en Administración que ya empezaba a amarillear en el marco, era una pieza clave en ese engranaje. Un ejecutivo de cuentas meticuloso, de traje siempre impecable y corbata que sabía ceñirse al protocolo no escrito de los negocios marítimos. Alto, de complexión atlética que empezaba a suavizarse por los desayunos de reunión, su rostro serio solo se iluminaba con genuina calidez cuando hablaba de dos cosas: los números trimestrales y Mariana.
Mientras Héctor calculaba márgenes de ganancia en su mente, Mariana, a veinte minutos de allí, ordenaba frascos de medicamentos en una de las sucursales de Farmazer. A sus treinta y dos años, poseía una belleza que no parecía consciente de sí misma, lo que la hacía aún más deslumbrante. Delgada, de estatura media, movía su cuerpo con una gracia natural que hacía que los hombres, y no pocas mujeres, siguieran su recorrido por los pasillos como si fuera un imán. Su cabello castaño, largo y ondulado, capturaba la luz fluorescente de un modo distinto, y sus ojos color almendra tenían una profundidad tranquila, un remanso en el ajetreo diario. Gerente de una de las farmacias más transitadas de la ciudad, manejaba quejas, inventarios y un equipo de dependientas con una mezcla de firmeza y empatía que había conseguido con respeto. Pero su verdadero oficio, el que ejercía sin horario, era el de ser el centro gravitacional de Héctor.
Se habían conocido ocho años atrás, en una reunión aburrida en casa de un amigo común. Él hablaba de flujos de importación; ella, de la escasez de un antibiótico. Algo chispeó en el aire viciado de humo y conversación trivial. No fue un flechazo de novela, sino un reconocimiento sordo, como de dos piezas que encajan sin necesidad de forzarlas. Se casaron tres años después, en una ceremonia sencilla frente al mar que los vio crecer. Ahora, con más de cinco años de matrimonio a sus espaldas, habitaban una rutina que muchos habrían tildado de monótona y que ellos defendían como un tesoro.
Esa tarde, como la mayoría, Héctor llegó a casa poco después de las siete. La casa, una construcción de dos pisos en un barrio tranquilo, no era lujosa, pero emanaba una calidez construida detalle a detalle. Olía a jazmín —la enredadera que Mariana cuidaba con devoción en el patio— y a la salsa que ella removía con delicadeza en la cocina. Él dejó su maletín sobre la consola, junto a un marco de plata deslucido. Una foto los mostraba a los dos, más jóvenes, más despreocupados, con el viento de la bahía jugando con sus cabellos. Héctor pasó el dedo por el borde del marco, un gesto automático, casi ritual.
—¿Eres tú, amor? —la voz de Mariana llegó desde la cocina, mezclada con el chisporroteo del aceite.
—El fantasma de tu pasado —respondió él, entrando en la cocina y rodeándola con los brazos por la cintura. Ella se dejó abrazar, apoyando la cabeza en su pecho por un instante—. Huele a gloria.
—Es pollo al curry. El de siempre.
—El mejor del mundo.
Era el momento de su danza particular. Él ponía la mesa, sacaba dos cervezas de la nevera. Ella emplataba con el cuidado de quien sabe que la presentación es parte importante del alimento del alma. Cenaban en un comedor pequeño, con la ventana abierta al jardín donde el jazmín empezaba a perfumar la noche.
—¿Cómo estuvo el día? —preguntó ella.
—Contenedores que llegan, contenedores que se van. Los mismos números, las mismas prisas —suspiró él, pero sin amargura. Era su mundo y lo aceptaba—. ¿Y el tuyo?
—Doña Elvira vino a quejarse de nuevo porque los comprimidos para la presión son más pequeños este mes. Cree que la estamos estafando.
—¿Y? —rió Héctor, de una manera grave y cómoda.
—Le regalé un termómetro de los promocionales y se fue feliz. A veces solo quiere ser escuchada.
Así fluía la conversación, trivial y profunda a la vez. Hablaban de proyectos: quizás pintar la habitación de invitados, tal vez un viaje a las montañas el próximo verano. Fantasías pequeñas y alcanzables. Después, se acomodaban en el sofá del salón, un mueble grande y mullido que había sido su primera compra juntos. Él elegía una película; ella preparaba palomitas. Se acurrucaban, sus cuerpos buscándose en el espacio compartido como imanes. A veces ni veían la película. Hablaban en susurros en la penumbra, o simplemente callaban, escuchando la respiración del otro. No eran de fiestas ni de discotecas. Sus amigos se quejaban, medio en broma medio en serio, de que el matrimonio los había vuelto invisibles, aburridos. Ellos se encogían de hombros. ¿Para qué buscar fuera lo que tenían tan completo dentro?
Esa noche, sin embargo, mientras los créditos finales rodaban en la pantalla, Héctor tenía la mirada perdida en el oscuro jardín.
—¿En qué piensas? —preguntó Mariana, acariciándole el pelo.
—En la reunión de mañana con Agustín —confesó—. Me citó a las dos. En privado.
—¿A ti solo?
—Sí. No sé… es raro.
Mariana sintió un leve pellizco de inquietud en el estómago, pero lo ahogó al instante.
—Seguramente es por tu desempeño. Eres el mejor que tienen.
—No digas eso —protestó él, pero una sonrisa asomó en sus labios.
Ella lo besó, un beso suave y salado por las palomitas.
—Es la verdad. Duerme. Mañana lo sabrás.
La oficina de Agustín Ríos, Gerente General, tenía siempre un fuerte olor a tabaco de pipa y a madera encerada. El hombre, regordete, con voz ronca y unos anteojos de pasta negra que parecían haberse fundido con su rostro, era una leyenda en la empresa. Un tiburón de agua dulce que había construido la empresa Galaxie desde cero. Héctor entró a la hora exacta, como era su costumbre. La secretaria, Sonia, una joven vivaz de piel morena y corte Cleopatra, le hizo una seña para que pasara.
—Héctor, siéntate —dijo Agustín sin levantar la vista de un informe—. Dame un momento.
Héctor obedeció, sintiendo la silla de cuero fría incluso a través del pantalón. Observó la oficina: estanterías llenas de trofeos de navegación, fotos con políticos, un cuadro de un velero en alta mar. Era el santuario de un hombre que lo tenía todo bajo control.
Agustín cerró el expediente con un golpe seco y alzó la vista. Sus ojos, pequeños y penetrantes detrás de los lentes, escudriñaron a Héctor.
—He revisado tu récord —comenzó sin perder tiempo, con su voz como un susurro—. Diez años. Cero quejas. Cifras que siempre superan el objetivo. Como todo un profesional.
—Gracias, señor. Solo hago mi trabajo.
—Eso es justo el problema, Héctor. Solo haces tu trabajo. Y este negocio, en expansión como está, necesita más que empleados. Necesita líderes.
Héctor contuvo la respiración. El aire acondicionado zumbaba como un enjambre atrapado.
—El Valle —soltó Agustín, como si nombrara un talismán—. Nuestra sucursal allí está creciendo un cuarenta por ciento anual. Pero le falta… garra. Le falta una cabeza que no solo ejecute, sino que anticipe. Que inspire miedo y respeto.
—El Valle… —murmuró Héctor. Estaba al otro lado del país. Un mundo de distancia de Baraltá, de la bahía, del olor a jazmín en su patio.
—Te proponemos el cargo de Director General —declaró Agustín, extendiendo las manos como si ofreciera el mundo en una bandeja—. Un salario que se duplica. Bonificaciones por metas. Y una casa —añadió, viendo el destello de duda en los ojos de Héctor—. Una casa lista, amueblada, en una buena urbanización. Todo pagado por la empresa.
El ascenso. El sueño de todo ejecutivo. Héctor lo había imaginado mil veces, pero siempre en Baraltá, ascendiendo lentamente por la jerarquía de Galaxie. Esto era un catapultazo a otro planeta.
—Señor Agustín… es un honor. Pero…
—No hay peros que valgan, muchacho —cortó el gerente, con tono ahora paternal, pero con un filo de acero—. Es la oportunidad de tu vida. De sus vidas. Tu esposa… Mariana, ¿verdad? Una mujer así merece algo más que una casa frente a los muelles. Merece un futuro.
La mención de Mariana, en ese contexto, en esa oficina, le pareció a Héctor una violación íntima. Pero también un argumento irrefutable. Merece un futuro. Él quería dárselo.
—¿Cuándo? —logró articular.
—Lo antes posible. Esta semana, ideal. Los papeles de la casa y el contrato detallado te llegarán mañana. Felicidades, Héctor —Agustín se levantó y le tendió una mano gruesa y anillada—. No me defraudes. El Valle es una ciudad llena de oportunidades… para todo.
El apretón de manos fue firme, casi doloroso. Héctor salió de la oficina con las piernas de algodón. El pasillo, familiar de tantos años, le pareció de repente un túnel hacia un lugar desconocido. No sintió el suelo bajo sus zapatos. Las felicitaciones de Sonia sonaron lejanas, como bajo el agua.
Ese mismo día, al regresar a su casa, lo primero que hizo fue:
—¡Mariana!
Su voz, alterada, vibró en el silencio de la casa como un cristal roto. Ella salió de la cocina con el delantal aún atado, los ojos abiertos por la alarma.
—¿Qué pasa? ¿Te ocurre algo?
—¡Me dieron el ascenso! —exclamó, y la emoción lo desbordaba, pero había algo más, una especie de pánico eufórico.
Mariana lo miró, tratando de descifrar ese código mixto en su rostro.
—Eso es maravilloso, amor. Te lo mereces. ¿Aquí en Baraltá?
Héctor respiró hondo, tomándole las manos. Sus palmas estaban ardientes.
—No. En El Valle. Director General de la sucursal.
El silencio que cayó entonces fue físico, un manto pesado. Mariana sintió cómo si el suelo, el suelo firme de su cocina, de su vida, cediera unos centímetros bajo sus pies.
—El Valle —repitió, vaciando la palabra de todo significado para poder examinarla—. Pero… eso es al otro lado del país.
—Lo sé. Pero la empresa nos da una casa. Todo amueblado. Será como un nuevo comienzo, Mariana. Imagínatelo.
Un nuevo comienzo. La frase resonó en sus oídos como un eco hueco. ¿Acaso lo que tenían necesitaba un nuevo comienzo? ¿No era perfecto, precisamente, por lo viejo y conocido que era?
—Mi trabajo… —empezó a decir, y su voz le sonó débil, quejumbrosa— Mi carrera aquí… las chicas de la farmacia…
—Puedes pedir un traslado —la interrumpió él, rápido, como si ya tuviera el guion escrito—. Si no te lo dan, en una ciudad como El Valle, con tu currículum, te lloverán ofertas. Es una oportunidad para ti también.
Él lo veía como un tablero de ajedrez. Movimientos lógicos, ventajas estratégicas. Mariana solo veía el desarraigo. La foto en la repisa siendo empacada en una caja de cartón. El jazmín del patio muriendo por falta de riego.
—Tienes razón —dijo al final, y las palabras le sabían a traición a sí misma—. Es… increíble. ¿Cuándo?
—Esta semana, si es posible. Yo puedo ir adelante, arreglarlo todo, y tú te vienes después, cuando soluciones lo del trabajo. Así no pierdes tu puesto.
La organización, la eficiencia. Era Héctor en estado puro. Mariana asintió, mecánicamente. Vio el brillo en sus ojos, una luz de ambición y aventura que no le había visto en años. Y sintió, con una claridad aterradora, que si se oponía, si vertía su miedo en ese momento de su felicidad, algo entre ellos se quebraría para siempre.
—Hablaré con mis jefes mañana —prometió, forzando una sonrisa que le estiró los labios.
Él la abrazó entonces, levantándola del suelo en un giro, y su risa llenó la casa. Mariana rió con él, pero el sonido se atragantó en su garganta. Mientras él hablaba de metros cuadrados y bonificaciones, ella, con la mejilla pegada a su camisa, miró por encima de su hombro.
Allí estaba, en el estante del salón, el jarrón de cerámica verde que se habían comprado en una feria artesanal un domingo lluvioso. Estaba ligeramente torcido, imperfecto. A ella le encantaba por eso.
Lo estamos dejando todo, pensó, y el pensamiento tuvo la frialdad de una certeza. Y tengo miedo.
Una semana después, bajo la luz cruda y artificial del aeropuerto de Baraltá, el miedo se había solidificado en una bola de hielo en el estómago de Mariana.
Héctor, con un traje nuevo y una maleta de viaje, parecía ya un hombre de El Valle. Hablaba rápido, repasando detalles: las llaves estarían con el administrador, el número del agente inmobiliario, el wifi lo activarían al llegar.
—Te llamo en cuanto aterrice —dijo, tomándole la cara entre sus manos—. No te preocupes por nada. En unas semanas, estarás conmigo y todo esto será solo un mal recuerdo.
Mariana asintió, incapaz de hablar. Lo abrazó con una fuerza desesperada, inhalando su olor como si quisiera grabarlo en su memoria. Él le devolvió el abrazo, pero su cuerpo ya estaba tenso, orientado hacia la puerta de embarque, hacia el futuro.
—Voy a extrañarte —susurró ella, y las palabras le ardieron en los labios.
—Yo a ti más. Pero no es para siempre. Es solo un par de semanas —respondió, besándole la frente.
El anuncio final en los altavoces del aeropuerto, metálico, impersonal y casi como una jerigonza, retumbó en la sala. “Última llamada para el vuelo 722 con destino a El Valle”.
—Ahí está. Me tengo que ir —dijo Héctor, y en sus ojos había una chispa de excitación que Mariana no pudo compartir.
Ella lo vio alejarse, mostrar su pase de abordar, desaparecer por la puerta que lo conduciría al avión, a la nueva vida. Se acercó al enorme ventanal, presionando las palmas contra el cristal frío. Allá abajo, en la pista, lo distinguió subiendo por la escalerilla. Justo antes de entrar, se volvió. Incluso a la distancia, Mariana vio su sonrisa blanca, amplia, llena de una fe absoluta en lo que venía. Aunque sabía que él no podría verla, le devolvió la sonrisa y levantó la mano para despedirse.
La puerta del avión se cerró. El corazón de Mariana dio un vuelco tan brutal que casi contuvo el aliento.
Una sensación primitiva, visceral, la inundó. No era tristeza. Era pérdida. Era la certeza, clara y fría como el cristal bajo sus manos, de que acababa de soltar la mano de Héctor en medio de un océano embravecido. Y ahora, el barco que los había mantenido a salvo toda la vida, se alejaba, dejándola sola en el muelle, mientras la niebla de Baraltá empezaba a envolverla, espesa y silenciosa.
—Dios mío —susurró para sí, sin que sus labios casi se movieran—. Lo he dejado ir. Y nada, absolutamente nada, volverá a ser igual.
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