Menes - Capítulo 1
CAPÍTULO 1
EL RIO DE FUEGO
El Nilo no era un río. Era un dios con mal humor. Desde el amanecer, las aguas habían cambiado de su verde profundo a un rojo óxido, espeso como sangre cuajada. No era sangre, claro; era la tierra de Kemet, el limo negro de las montañas del sur, arrancado por la inundación y arrastrado kilómetro tras kilómetro. Pero para los ojos que observaban desde la muralla de adobe de Hieracómpolis, la Ciudad del Halcón, la comparación era demasiado clara para ignorarla. El mundo estaba pariendo algo, y el parto sería sangriento.
En la sala alta del palacio, un hombre que ya no era joven contemplaba el río rojo. El rey Escorpión, Señor del Alto Egipto, llevaba la corona blanca de su cargo como si fuera una losa. Sus nudillos, apoyados en el borde de la ventana, estaban blancos. En el patio inferior, los sonidos de la ciudad llegaban amortiguados: el martilleo de los cobreros, el balido de las cabras, el llanto de un niño. Sonidos normales. Demasiado normales.
—Señor.
La voz era familiar. Sin volverse, el rey preguntó:
—¿Está todo preparado, Ptahmose?
Ptahmose, su Visir y hermano de leche, se acercó. Su rostro cetrino, marcado por una cicatriz que le cruzaba la mejilla desde la sien hasta la barbilla, era un mapa de guerras pasadas.
—Los sacerdotes de Horus están en el templo. Los augurios son… contradictorios. El río rojo es un signo de fertilidad, pero también de caos. Seth ruge en las aguas.
Escorpión giró finalmente. Sus ojos, del color del ámbar, ardían con una luz cansada.
—Seth siempre ruge. La pregunta es: ¿desde dentro o desde fuera? —Su mirada se posó en el rostro marcado de Ptahmose—. Los mensajeros de Naqada no han llegado. Debieron estar aquí ayer.
Un silencio pesado se instaló entre ellos. Naqada, el nomo rival al norte, había jurado lealtad tras la última campaña. Un juramento sellado con el matrimonio de la hija menor de Escorpión con el hijo del viejo nomarca. La ausencia de los mensajeros, que debían traer el tributo de la cosecha, era un insulto. O algo peor.
—Puede que la crecida haya bloqueado los caminos —intentó Ptahmose, pero la excusa sonó hueca incluso para sus propios oídos.
—No —cortó Escorpión, apartándose de la ventana—. Es una prueba. Y si nosotros vacilamos, Tinis y Abydos harán lo mismo. El Sur se despedazará antes de que el Norte siquiera tenga que levantar una lanza. —Se dirigió a una mesa donde un mapa de papiro estaba desplegado, mostrando el curso del Nilo y los nomos como manchas de tinta—. Ptahmose, ordena a la Guardia del Halcón que se prepare. Partiremos hacia Naqada al amanecer. Con suficientes hombres para recordarles el precio de la traición.
Ptahmose asintió, pero no se movió.
—Señor… la Reina. El niño viene esta noche. Quizás deberías…
—¿Qué? ¿Esperar? —Escorpión soltó un resoplido seco—. Un rey que espera a que su heredero nazca para hacer lo que debe, le está entregando un reino podrido a ese hijo. Iremos. Y cuando regresemos, presentaré a mi sucesor un Sur unido. O moriré en el intento.
La última frase quedó suspendida en el aire, un presagio más tangible que el mismo río rojo.
Mientras el rey planeaba su demostración de fuerza, en las profundidades del palacio, la vida insistía en su curso inexorable. La cámara de la Reina Neithhotep estaba impregnada del olor dulzón de las hierbas al quemarse y del aceite de loto. El aire era pesado, caliente. Las parteras, sacerdotisas de la diosa Heket, se movían en silencio, sus túnicas de lino rozando el suelo de yeso pulido.
La reina yacía en un lecho de madera de acacia, su rostro bañado en sudor, sus manos aferradas a las tiras de cuero colgadas del dosel. No gritaba. Los gruñidos que escapaban de sus labios cerrados eran sonidos primarios, de esfuerzo animal y dolor trascendido. A su lado, su dama más anciana, Merit, le enjugaba la frente con un paño húmedo.
—El río corre rojo, Majestad —susurró Merit, como si compartiera un secreto—. Es un signo poderoso. El niño será un guerrero. Un forjador.
Neithhotep abrió los ojos. Eran del color de la obsidiana, profundos y llenos de una inteligencia que el dolor no podía opacar.
—O será la presa por la que todos los chacales vendrán —murmuró. Un nuevo espasmo la atravesó haciendo que su espalda se arqueara—. Él… ¿sabe?
—El Rey ha sido informado. Está… ocupado —dijo Merit, evitando su mirada.
Un destello de amargura cruzó el rostro de la reina. Lo supo. Lo supo tan bien como ella. Escorpión estaba en otra parte, siempre en otra parte, peleando por mantener unido lo que insistía en desmoronaba. El niño nacería en la ausencia de su padre. Otro presagio.
La partera principal, una mujer de manos grandes y suaves, se arrodilló.
—Ya está, Majestad. La cabeza corona. Con la próxima contracción, empuje con todo su ka. El mundo espera.
Neithhotep asintió, apretando los dientes. Miró hacia la ventana alta, por donde entraba la luz rojiza del atardecer filtrándose a través del polvo. Hazlo fuerte, pensó, dirigiendo la plegaria a cualquier dios que escuchara. Hazlo despiadado. Porque el mundo que lo recibe lo será.
Con un grito ahogado que era más rabia que agonía, empujó.
El campamento del Rey Escorpión era un remolino de sombras y luces de antorchas a una jornada al norte de Hieracómpolis. Habían viajado rápido, con la Guardia del Halcón, cien de sus mejores guerreros, hombres curtidos con cicatrices y ojos que escudriñaban la oscuridad. No acamparon en el camino real, sino en un recodo seco del río, protegido por unos riscos bajos. La precaución era la sombra constante de Escorpión.
Él estaba sentado frente a una pequeña hoguera, afilando su daga de cobre con una piedra. El sonido, shick, shick, shick, era hipnótico. Ptahmose revisaba la guardia, su voz como un murmullo en la noche. El aire olía a polvo, a estiércol de camello y a miedo contenido.
—No me gusta este lugar —dijo de repente un guerrero joven, Horem, hijo de Ptahmose. Estaba de pie junto a su padre, la mano en el mango de su hacha—. Demasiado silencio. Ni grillos.
Ptahmose miró a su alrededor. Su hijo tenía razón. La noche del desierto solía estar llena de pequeños ruidos: insectos, roedores, el viento susurrando en los arbustos secos. Allí, solo el crepitar del fuego y el río lejano.
—Alerta a los hombres —ordenó Ptahmose, con su voz convertida en un hilo tenso—. Que duerman con una mano en el arma.
Pero la advertencia llegó demasiado tarde.
El primer signo no fue un sonido, sino una ausencia. El centinela puesto en el risco más alto no dio su grito de buho, la señal de "todo despejado" que debía hacer cada cuarto de hora. Escorpión lo notó al mismo tiempo que Ptahmose. Sus ojos se encontraron a través del fuego.
Shick.
La piedra que Escorpión usaba, se detuvo sobre la daga.
Entonces, el silbido. No era el de un animal. Era el silbido agudo, cortante, de una flecha viajando a gran velocidad.
Thunk.
Se clavó en el pecho del guerrero que estaba llenando su odre en el borde del campamento. El hombre miró con sorpresa el astil que emergía de su esternón, luego cayó de rodillas y finalmente de bruces en la arena.
—¡EMBOSCADA! —rugió Escorpión, levantándose como un felino viejo con su daga brillando en una mano y su maza ceremonial de piedra en la otra.
El caos estalló desde la oscuridad. No vinieron con gritos. Vinieron en silencio, docenas de sombras que emergieron de las dunas y de detrás de los riscos como demonios del desierto. No llevaban los estandartes de ningún nomo conocido. Vestían túnicas oscuras y sin adornos, sus rostros cubiertos con paños hasta los ojos. Blandían hachas de guerra de piedra y lanzas con puntas de cobre que reflejaban el fuego de manera siniestra.
La Guardia del Halcón reaccionó con la disciplina de la desesperación. Los escudos de madera y cuero se alzaron, formando una muralla improvisada. Las lanzas se entrechocaron. El aire se llenó del sonido metálico del cobre contra el cobre, del impacto sordo de la piedra contra la carne, de los primeros gritos de los heridos.
Escorpión era un torbellino. Su maza giró, despachando a un atacante con un golpe que hizo saltar dientes y huesos. Su daga encontró la garganta de otro. Pero por cada hombre que caía, dos más tomaban su lugar. Eran demasiados.
—¡Ptahmose! ¡A mi flanco! —gritó el rey, viendo cómo tres atacantes se abalanzaban sobre él.
Ptahmose luchaba como un poseso, protegiendo a su hijo Horem, que combatía con la furia salvaje de la juventud. Al oír el grito de su rey, se abrió camino a hachazos, dejando un reguero de cuerpos. Llegó justo cuando una lanza rozaba el brazo de Escorpión, desgarrando la túnica y la piel.
—¡No es Naqada! —jadeó Ptahmose, bloqueando un golpe de hacha—. ¡Son mercenarios! ¡Nubios, quizás!
Escorpión lo entendió al instante. No era una rebelión de un nomo. Era un asesinato. Alguien había pagado para que el Rey del Alto Egipto muriera lejos de su ciudad, en una emboscada sin bandera. La rabia lo inundó, más amarga que el miedo. Habían subestimado la traición. La habían imaginado como deslealtad, no como exterminio.
—¡Retirada hacia los riscos! —ordenó, su voz era aún imponente a pesar de todo.
Pero la retirada era un sueño. Estaban rodeados. Vio a Horem caer con una lanza clavada en su muslo. Vio a Ptahmose gritar el nombre de su hijo y perder por un segundo la concentración. Fue el segundo que necesitó el atacante que llevaba un collar de dientes de leopardo colgando de su cuello.
El hacha de piedra golpeó a Ptahmose en el hombro, hundiéndose con un crujido húmedo. El viejo visir gritó, pero no soltó su arma. Con un último aliento de fuerza, clavó su propia daga en el cuello del nubio. Ambos cayeron juntos.
—¡PTAHMOSE! —grito Escorpión y fue desgarrador.
Fue entonces cuando la vio. Entre el humo del fuego disperso y las sombras danzantes, una figura no luchaba. Estaba de pie, en las afueras del campamento, observando. Llevaba la armadura y el casco de un oficial de la Guardia del Halcón. Pero no se movía. Solo miraba.
Y Escorpión reconoció la postura. Los hombros ligeramente caídos. La forma en que sostenía la lanza, no como un arma, sino como un bastón.
Khnemu. Su propio sobrino. El hijo de su hermana muerta. A quien había criado como a un hijo. A quien había nombrado Capitán de la Guardia.
La traición no había venido del desierto. Había venido de su propia mesa.
El dolor de esa comprensión fue más profundo que cualquier herida. Congeló a Escorpión por una fracción de segundo. Y en la batalla, una fracción de segundo es la eternidad.
Un atacante, un gigante nubio con los brazos tatuados, se le acercó por detrás. La maza de piedra del gigante se alzó.
Escorpión, sintiendo el peligro, empezó a girar. Sus ojos, en ese último instante, no buscaron al asesino. Buscaron a Khnemu. Y los encontró. El joven sostenía su mirada, sin pestañear, sin un rastro de emoción en el rostro oculto por el casco.
El golpe llegó.
No fue en la cabeza. Fue en la parte baja de la espalda, un impacto terrible que quebró algo vital dentro del rey. Escorpión cayó hacia adelante, la visión llena de estrellas, el sabor del polvo y la sangre en la boca. La corona blanca rodó lejos de su cabeza, ensuciándose en la arena.
Jadeante, intentó arrastrarse hacia donde yacía Ptahmose, cuya mano aún se movía débilmente. El gigante nubio levantó la maza para el golpe final.
Pero antes de que cayera, Khnemu, el sobrino traidor, alzó una mano. Un gesto de "alto". Se acercó, pisando con cuidado entre los cuerpos. Se arrodilló junto al rey agonizante.
Escorpión intentó hablar, pero solo salió un burbujeo rojo de sus labios.
Khnemu se inclinó. Susurró, tan bajo que solo el rey pudo oírlo:
—El niño nació hace una hora, tío. Un varón. Lo llamarán Narmer. Pero nunca gobernará más que un montón de ruinas. El Sur es mío ahora. Y luego, todo Egipto.
Escorpión, con un esfuerzo sobrehumano, escupió un coágulo de sangre a los pies de Khnemu. No fueron palabras, sino un sonido: un gruñido de pura, incontenible maldición. Sus ojos, los ojos de ámbar, clavados en los de su asesino, no parpadeaban. No cedían.
Khnemu sostuvo la mirada por un momento, luego se puso de pie y asintió al gigante nubio.
La última cosa que vio el Rey Escorpión, Señor del Alto Egipto, fue el cielo nocturno, tachonado de estrellas frías e indiferentes. Y luego, la oscuridad.
En Hieracómpolis, en el instante preciso en que la vida se apagaba en los ojos de su padre, el recién nacido emitió su primer llanto. No fue un quejido débil, sino un berrido fuerte, desafiante, que hizo que las parteras se miraran entre sí, sorprendidas.
La reina Neithhotep, exhausta pero victoriosa, tomó a su hijo en brazos. Lo examinó a la luz de las lámparas de aceite. Tenía los ojos abiertos. Y no eran del color lechoso de los recién nacidos. Eran de un gris claro, casi plateado, como el filo de un cuchillo al amanecer.
—Narmer —susurró, nombrando el destino que los sacerdotes habían vislumbrado en los augurios del río rojo: "El que es fuerte en el halcón".
En el patio exterior del palacio, entre los guerreros y sirvientes reunidos para recibir la noticia del nacimiento del heredero, un hombre observaba en silencio. Llevaba el atuendo de un escriba menor. Nadie le prestaba atención.
Oyó el llanto del niño, vio la luz rojiza del amanecer empezando a disipar las estrellas sobre el Nilo, que aún fluía del color de la herrumbre. Y una sonrisa pequeña, casi imperceptible, se dibujó en sus labios. No era una sonrisa de alegría. Era la sonrisa de un jugador que ve moverse la primera pieza en un tablero gigantesco.
La noticia de la muerte del rey llegaría en dos días. El duelo sería terrible. La confusión, absoluta. Y en medio de ese caos, él, Khnemu, regresaría. Con una historia heroica sobre una emboscada y una muerte valiente. Para reclamar lo que era suyo.
Su mirada, fría y calculadora, se dirigió hacia la ventana alta de la cámara de la reina, donde el llanto del niño llamado Narmer aún resonaba en el aire cargado de presagios.
El juego había comenzado.
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