Un juego peligrosos - Capítulo 1

miércoles, febrero 04, 2026 0 Comments A+ a-

  

CAPÍTULO 1

 

EL CRISTAL ROTO

 

El primer llanto del día no vino del niño. Surgió del motor del espresso, un gemido agudo y preciso que cortó el silencio de la cocina a las 6:47 a.m. Valeria lo escuchó desde el pasillo, inmóvil, con la bata de seda azul ceñida sobre un cuerpo que aún sentía ajeno. Dos años después del parto, su piel le recordaba un mapa cuyas fronteras habían sido redibujadas por una mano torpe. Las curvas que antes fotografiaba con orgullo profesional ahora se escondían bajo telas sueltas; las estrías plateadas en su abdomen parecen ríos secos en un territorio conquistado. En la penumbra del corredor, sus ojos se posaron en la puerta entreabierta de la habitación de Leo. No entró. Escuchó la respiración tranquila, profunda, y sintió, como cada mañana, una ola de amor tan vasta que rayaba en el ahogo.
Al otro lado de la casa, en el baño principal iluminado por una luz LED clínica, Adrián observaba su rostro en el espejo sin marco. Pasó la mano por la barba de dos días —un gris prematuro que aparecía en sus sienes como nieve sucia— calculando si tenía tiempo de afeitarla antes de la reunión de las 9:00 con la cuenta bancaria. En el cristal, sus ojos parecían más pequeños, como si retrocedieran lentamente hacia el cráneo. A los treinta y ocho años, su reflejo comenzaba a convertirse en el de su padre, ese hombre serio cuya foto en el escritorio mostraba una sonrisa que Adrián no recordaba haber visto en vida. El sonido del espresso fue su señal. Rutina. Una coreografía perfeccionada a lo largo de trece meses, desde que Valeria dejó la agencia. Se vistió con un traje color gris perla de tres botones, el mismo tono del cielo matinal que se veía por la ventana panorámica de su dormitorio.

La cocina era un escenario de modernidad fría. Acero inoxidable, mármol blanco venado con hilos negros, electrodomésticos integrados que parecían piezas de una nave espacial. Nada fuera de lugar salvo un sonajero de madera olvidado junto a la frutera de vidrio y un osito de peluche caído bajo una silla. Valeria sirvió el café en dos tazas idénticas de cerámica japonesa —regalo de boda que alguna vez consideraron demasiado frágil para usar diariamente—. Cuando Adrián entró, un leve aroma a loción de aftershave de menta y bergamota llenó el espacio entre ellos. No se besaron. Habían dejado de hacerlo en las mañanas hacía aproximadamente nueve meses, cuando Leo comenzó a despertarse cada dos horas y el cansancio se convirtió en una tercera presencia en la cama.

—Buenos días —murmuró él, ajustándose el nudo de la corbata azul marino.

Un asentimiento con la cabeza fue la respuesta de ella. Sus dedos, que antes sostenían cámaras profesionales con firmeza creativa, ahora jugueteaban con el borde de una taza.

Se sentaron en las islas de desayuno opuestas, un metro ochenta de mármol pulido los separaba. La conversación flotó sobre temas seguros y planos, como hojas muertas en la superficie de un estanque: la tos persistente de Leo, la posible lluvia anunciada para la tarde, la factura del pediatra que había llegado el día anterior, la cena con los socios al día siguiente.

—Sofía y Daniel confirmaron —dijo Adrián, sin levantar la vista de su tablet, donde revisaba cifras de compromisos de la última campaña para una marca de vodka—. Llegan a las ocho. Daniel quiere hablar sobre la renovación del contrato de exclusividad.

Valeria asintió, sorbiendo su café, al parecer, demasiado caliente. La quemazón en la lengua fue un estímulo bienvenido, algo real en la niebla matutina. Sofía. El nombre le provocó una sensación ambigua: atracción y ligera fatiga. La modelo era como un rayo de sol directo en los ojos: deslumbrante, pero incómoda si se exponía uno demasiado tiempo. Su energía vibrante solía dejar a Valeria sintiéndose como un mueble desgastado en una casa de diseño nuevo.

—Bien —respondió, su voz fue un eco suave en la cocina demasiado silenciosa—. Prepararé esa paella que le gusta a Daniel. Y abriré ese vino blanco que trajeron de Mendoza.

Sus miradas se encontraron por un instante sobre el borde de las tazas. En los ojos color avellana de Adrián, Valeria creyó ver un destello de la antigua complicidad; esa mirada que intercambiaban durante las fiestas aburridas, prometiéndose secretamente escapar, pero se apagó antes de poder registrarlo, disuelto en el acto de revisar un correo electrónico. Él vio en ella la sombra de la mujer que fotografiaba campañas publicitarias con ferocidad artística, la que discutía conceptos con pasión intelectual en su oficina de la agencia, ahora apagada bajo la luz difusa de la cocina. Una punzada de culpa, rápida y familiar, lo atravesó. La apartó con el pensamiento de la próxima campaña, de las cifras trimestrales, de la necesidad de mantener este estilo de vida que se sentía cada vez más como una vitrina perfectamente iluminada donde ambos eran maniquíes.

—Salgo tarde hoy —anunció Adrián, levantándose y llevando su taza vacía al lavavajillas—. Tenemos que presentar el guion para la campaña de otoño. Probablemente ordene comida allí.

Valeria asintió de nuevo, una danza de gestos repetidos. Sabía que "tarde" significaba pasadas las diez, que "ordenar comida allí" significaba sushi de ese lugar caro del centro, que él comería frente a su pantalla mientras ella calentaba las sobras de la comida de Leo.

—Que tengas un buen día —dijo, y la frase sonó tan hueca como las paredes de la casa demasiado grande.

Él se detuvo en la puerta, su silueta recortada contra la luz del vestíbulo. Por un momento pareció que iba a decir algo más, a cruzar el mármol y tocarla, a recordar algo. En su lugar, ajustó el portafolio de cuero bajo el brazo.

—Tú también —respondió, y la puerta principal se cerró con un clic suave, hermético.

El silencio regresó, más denso ahora. Valeria permaneció sentada, escuchando el tictac del reloj de pared diseñado por un arquitecto famoso. Un disco de mármol negro con una sola aguja que marcaba los segundos con una precisión despiadada. Desde la habitación, un pequeño sonido, el suspiro de un niño que se mueve en sueños. Se levantó, lavó las dos tazas a mano aunque el lavavajillas estaba medio vacío, disfrutando del agua caliente en su piel, del ritual mecánico. Luego subió las escaleras de madera de roble, sus pies descalzos sintiendo el pulido frío de la superficie.

En la habitación de Leo, la penumbra era cálida, perfumada con talco y leche. El niño dormía boca abajo, sus pequeñas manos cerradas en puños junto a su rostro, los labios ligeramente entreabiertos. Valeria se detuvo en el umbral, observando. Este era su mundo ahora: estos cuatro metros cuadrados de alfombra suave, juguetes educativos de madera, móviles con planetas. Había intercambiado objetivos de gran angular por biberones, sesiones de fotos por horarios de siesta, el caos creativo de la agencia por el orden meticuloso de la crianza. Lo había elegido, lo repetía como un mantra cuando el cansancio le pesaba en los huesos. Lo había elegido. Pero en los rincones más silenciosos de su mente, en esos momentos como éste, una pregunta susurraba: ¿y yo?
PUBLICIS ocupaba el piso catorce de una torre de vidrio en el distrito financiero. El ascensor de paredes espejadas reflejaba a Adrián infinitamente, repitiendo su imagen en un bucle que le recordaba a esas fotografías conceptuales que Valeria solía hacer. Al entrar a la recepción, el ambiente cambiaba abruptamente: luces frías, pisos de concreto pulido, paredes blancas decoradas con campañas premiadas, el zumbido bajo de creatividad y estrés. En el aire flotaba el olor a café de especialidad y a la ansiedad dulzona de gente joven que quería demostrar su valía.

—Buenos días, señor Costa —saludó la recepcionista, una chica de pelo teñido de azul claro que no parecía mayor de veintidós años—. La señorita Vega lo está esperando en la sala de conferencias ‘A’.

—Gracias, Martina —respondió Adrián, con la sonrisa profesional que había perfeccionado durante quince años en el negocio.

Su oficina era un cubo de vidrio con vista a la ciudad. Desde allí podía ver el río serpenteando entre los edificios, los autos diminutos formando ríos de luces. En su escritorio, entre los MacBooks y las tabletas, había una foto: Valeria riendo, con el cabello al viento en una playa de Brasil, tomada seis años atrás, antes de la boda, antes de la agencia, antes de todo. La miró un segundo antes de guardarla en un cajón para la reunión.

La mañana transcurrió en un torbellino de reuniones, presentaciones, llamadas. Adrián dirigía su agencia con una eficiencia que enorgullecía a su padre banquero y lo hacía sentir, al mismo tiempo, como un traidor a sus propias aspiraciones artísticas juveniles. Había estudiado cine, soñaba con dirigir documentales. En su lugar, dirigía comerciales de cerveza y campañas para tarjetas de crédito. La creatividad se había convertido en un producto medible en KPI's y tasas de conversión.


En el descanso entre reuniones, mientras tomaba un café solo en la sala de descanso, Sofía apareció como un relámpago. No tenía reunión con ella hasta la tarde, pero allí estaba, vestida con un traje de pantalón blanco que parecía pintado sobre su cuerpo, su cabello negro recogido en un moño perfectamente despeinado. A sus treinta y cinco años, Sofía poseía la belleza intimidante de quienes saben exactamente el efecto que causan.

—Adrián, cariño —dijo, besándolo en la mejilla y dejando un rastro de perfume caro y ambicioso—. Te veo concentrado. Pensando en cómo vender más detergente a las amas de casa aburridas.

—Algo así —respondió él, con una sonrisa forzada—. Pensaba que nos veríamos a las tres.

—Pasaba por el edificio para una sesión en Vogue, en el piso dieciséis, y quise saludar. Además, quería confirmar lo de mañana. Daniel está emocionado con tu nueva propuesta para la agencia.

—Valeria está preparando paella —dijo Adrián, y notó cómo el nombre de su esposa sonaba formal, como hablando de una empleada doméstica.

—Perfecto. Me muero por verla. La extraño en las sesiones, sabes. Tenía ese ojo… ese ojo que veía más allá de la superficie. —Sofía tomó una uva de la bandeja de frutas y la examinó antes de ponerla en su boca—. ¿Cómo está llevando la maternidad?

La pregunta era inocente, pero en la boca de Sofía sonaba a diagnóstico.

—Bien —respondió Adrián, breve—. Leo es un encanto.

—Se nota que es feliz —dijo ella, y su mirada se posó en él con una intensidad que lo hizo sentir desnudo—. Pero tú pareces cansado, corazón. Las noches todavía son difíciles.

—Algo —admitió, sorprendido por la franqueza.
—La maternidad es un terremoto —dijo Sofía, con su voz bajando a un tono confidencial—. Sacude los cimientos de todo. De la casa, del cuerpo, del matrimonio… —hizo una pausa, sus ojos oscuros estudiándolo—. Daniel y yo lo vimos con amigos. Se convirtieron en extraños compartiendo la misma cama. Es trágico, ¿no?

Adrián no respondió. Bebió un sorbo de café, que ya estaba frío.

—Bueno, no te retengo —dijo Sofía, recuperando su brillo social—. Nos vemos mañana. Dale un beso a Valeria de mi parte. Y dile… dile que me encantaría tomarme un café con ella pronto. Me hace falta su perspectiva.

Se fue dejando una estela de inquietud. Adrián terminó su café mirando por la ventana. La ciudad se extendía bajo él, ordenada, predecible. Sintió, por primera vez en meses, una punzada de nostalgia por el caos, por lo impredecible.

En casa, Valeria terminaba de darle el almuerzo a Leo. El niño, sentado en su trono de diseño escandinavo, aplastaba trozos de zanahoria cocida con dedos regordetes, riendo cuando los pedazos volaban por el aire. Valeria reía con él, pero su risa tenía un eco hueco, como si saliera de un lugar lejano dentro de ella.
Después de limpiar el desastre en una cocina que parecía el campo de batalla de una guerra diminuta, llevó a Leo al salón de juegos. Era la habitación más soleada de la casa, con estanterías bajas llenas de libros de tela y juguetes de madera. Mientras el niño jugaba con bloques de construcción, Valeria se sentó en el suelo, recostándose contra la pared. Desde allí podía ver el rincón donde antes tenía su estudio temporal: ahora ocupado por una cuna y una pila de pañales.

Sacó su teléfono. En Instagram, el algoritmo le mostraba vidas perfectas: excompañeras de la agencia viajando a festivales de fotografía, modelos en poses imposibles en lugares exóticos, Sofía en la portada de una revista que había llegado esa mañana al correo. Deslizó el dedo hacia arriba, una y otra vez, como buscando algo que nunca aparecía. Una notificación saltó: un recuerdo de hace cuatro años. Ella en el set de una campaña para una marca de joyas, cubierta de polvo de diamante falso, riendo con la boca abierta, los ojos brillando con la adrenalina de la creación. Detrás de ella, desenfocado, Adrián la miraba con una expresión que ahora le parecía de otro hombre.

Leo tiró una torre de bloques y estalló en risas. Valeria bajó la mirada hacia él, hacia sus ojos marrones idénticos a los de su padre. Lo amaba con una ferocidad que a veces la asustaba. Pero ese amor ocupaba tanto espacio que no parecía quedar lugar para nada más. Ni siquiera para ella.

Pasó la tarde en la rutina sagrada de la crianza: merienda, paseo por el parque donde observaba a otras madres intercambiar sonrisas cansadas, baño, cuento, cena. A las 7:30 p.m., Leo dormía profundamente. El silencio volvió a caer sobre la casa, más pesado que nunca.

Valeria bajó a la cocina, preparó una cena sencilla para una persona. Solo ensalada y un trozo de salmón al vapor y comió de pie frente a la ventana, mirando cómo las luces de la ciudad comenzaban a encenderse. A las 9:17 p.m., sonó el teléfono. Era Adrián.

—Voy a llegar más tarde de lo pensado —dijo, y en el fondo se escuchaban voces, risas, el tintineo de copas—. La presentación fue un éxito, el cliente quiere celebrar. No esperes despierta.

—Está bien —respondió Valeria—. ¿Todo bien?

—Sí, sí, todo bien. Nos vemos mañana en la cena. —Una pausa—. Te quiero.

La frase salió de su boca como un hábito, un reflejo condicionado.

—Yo también —murmuró Valeria, pero la línea ya se había cortado.

Dejó el teléfono sobre el mármol y terminó su cena en silencio. Luego subió las escaleras, se duchó mecánicamente, se puso un camisón de algodón que ya no era sensual sino simplemente funcional. En el dormitorio principal; una suite con baño de mármol negro y una cama king size que parecía más ancha cada noche y a la que se subió para luego meterse bajo las sábanas de ochocientos hilos. Del lado de Adrián, la mesita de noche estaba ordenada: un reloj, un libro de gestión que nunca abría, un vaso de agua. Del lado de ella, una lámpara de lectura, crema para las estrías y el monitor del bebé parpadeando con una luz verde suave.

A las 11:23 p.m., escuchó la puerta principal. Los pasos de Adrián en el vestíbulo, el sonido de sus llaves sobre la mesa de entrada, el portafolios siendo dejado en el suelo. Subió las escaleras con cuidado, evitando el séptimo escalón que siempre crujía. Entró al dormitorio en la oscuridad, desvistiéndose sin encender la luz. Valeria fingió dormir, sus pestañas temblando contra la almohada. Sintió el peso de él al otro lado de la cama, el colchón hundiéndose levemente. El olor a alcohol fino y a cigarrillo lejano llegó hasta ella. Respiró hondo, conteniendo un comentario.
Pasaron veinte minutos. Adrián respiraba de manera uniforme, pero Valeria sabía que no dormía. Ella tampoco. Entre ellos, el espacio de la cama se sentía como un cañón, un abismo de cosas no dichas, de deseos no expresados, de cansancio acumulado. Pensó en la cena del día siguiente, en Sofía y su brillo desafiante, en Daniel y su seguridad abrumadora. Pensó en la agencia, en las cámaras que ya no tocaba, en la mujer de la foto del recuerdo que parecía una extraña.

Finalmente, Adrián rompió el silencio, con su voz ronca en la oscuridad:

—¿Estás despierta?

—Sí.

Una corta pausa mientras el aire acondicionado zumbaba suavemente.

—Hoy Sofía me preguntó por ti —dijo él—. Dijo que le haces falta en las sesiones.

Valeria no respondió de inmediato. Sus ojos se ajustaron a la oscuridad, distinguieron el contorno del techo con molduras que nunca habían notado antes.

—Quizá debería visitar la agencia algún día —dijo, pero sonó como lo que era: un cumplido social, no una intención real.

—Sería bueno —respondió Adrián, y en su voz había algo que pudo haber sido esperanza, o simplemente cortesía.

Otra pausa, más larga esta vez.

—Buenas noches —dijo él, finalmente.

—Buenas noches.

Se dieron la espalda, cada uno mirando hacia su lado de la cama, sus cuerpos separados por una distancia que no se medía en centímetros. Fuera, la ciudad brillaba indiferente. Dentro, el cristal de su matrimonio, limpio y transparente ante los ojos del mundo, continuaba empañándose por dentro, gota a gota, silencio a silencio, noche a noche. La grieta era aún invisible, pero ya estaba allí, extendiéndose como el hielo fino bajo la presión de un peso que ninguno de los dos sabía cómo nombrar.

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